lunes, 2 de mayo de 2016

08-05-2016 - 7º Domingo de Pascua. - La Ascensión del Señor (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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7º Domingo de Pascua. - La Ascensión del Señor (C)


La Ascensión, misterio de Cristo, concierne a la persona y la misión del Hijo de Dios. El vino a habitar por un tiempo entre los hombres, asumiendo su naturaleza; y, llegada la hora que el Padre había fijado, volvió a él, pasando por la muerte y la resurrección. Pero este misterio concierne también a toda la humanidad, al mundo entero y a cada hombre en particular. Por eso hay que considerarlo siempre en esta doble dimensión, y no como un episodio aislado de la gesta de Cristo.
Para evocar la Ascensión del Señor, se recurre a imágenes: Jesús «subió», «fue elevado», «al cielo», «a lo alto». Tomar al pie de la letra esta manera de hablar, imaginándose la partida de Jesús como una especie de desplazamiento de aquí abajo a no se sabe dónde, allá arriba, sería cometer un burdo error. El Señor está ahora en la gloria, con el Padre: esto es lo que dice la fe al ofrecer a nuestra meditación los inmensos beneficios que esta exaltación ha traído al mundo. Estos bienes inestimables proceden del envío del Espíritu Santo por Cristo «ascendido al cielo».
Como todos los años, la Liturgia de la Palabra tiene como/fondo el relato más elaborado del Nuevo Testamento: el del libro de los Hechos de los apóstoles. Paralelamente se lee la noticia del acontecimiento que pone fin al evangelio según san Lucas. El autor del libro de los Hechos centra ya la atención en la promesa del envío del Espíritu, que será quien dé a los apóstoles la fuerza para ser en el mundo testigos de la resurrección del Señor. Pero se hacen aquí algunas precisiones significativas. Antes de dejarlos, Jesús dice a los apóstoles que su muerte, su resurrección y la llamada de todas las naciones a la conversión dan cumplimiento a las Escrituras. Jesús se separa de los suyos bendiciéndolos con un gesto litúrgico. San Lucas añade finalmente que los apóstoles, llenos de alegría, volvieron a Jerusalén, donde «estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios».
Por su parte, la carta a los Hebreos presenta la ascensión de Cristo como su entrada en el santuario del cielo, donde está intercediendo por nosotros, y desde donde volverá a aparecer un día «a los que lo esperan, para salvarlos». La Ascensión del Señor es, pues, un misterio de esperanza que invita a la acción: «Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? En el nombre del Señor, podéis ir en paz».

PRIMERA LECTURA

La ascensión del Señor al cielo es el acontecimiento que hace de gozne entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia, cuyos comienzos se relatan en la segunda parte de la obra de san Lucas. Inaugurado con el bautismo «en el Espíritu Santo» recibido por los apóstoles, es el tiempo de la misión «hasta los confines del mundo». Acabará con el retorno del Señor el día que el Padre «ha establecido con su autoridad”. La Ascensión del Señor vuelve la mirada hacia esta tierra en la que la Iglesia y los cristianos han de dar testimonio del Señor resucitado y de su esperanza.

A la vista de ellos, fue llevado al cielo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo."
Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

Palabra de Dios.

SALMO

«Son de trompetas», «gritos de júbilo»: la buena noticia resuena en el mundo hasta la vuelta de Cristo.

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9

R
Dios asciende entre aclamaciones; el Señor,
al son de trompetas.

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R

SEGUNDA LECTURA

El autor de ¡a carta a los Hebreos evoca la ascensión del Señor refiriéndola a la liturgia judía del «Día del perdón» (Yóm Kippur). Una vez al año, después de haberse purificado, el sumo sacerdote entraba en el santuario del templo y procedía a la purificación del pueblo con sangre de animales. Después de haber derramado su propia sangre por el pecado del mundo entero, Jesús ha entrado en el santuario del cielo de una vez para siempre. Todos los hombres, por los que él se ha ofrecido, tienen la seguridad de ser admitidos con él ante Dios para toda la eternidad.

Cristo ha entrado en el mismo cielo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Hebreos 9,24-28; 10,19-23

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres -imagen del auténtico-, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces -como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio.
De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.
Hermanos, teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura.
Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa.

Palabra de Dios.

O bien:

Dios ha desplegado en Cristo un poder del que ya podemos beneficiarnos. Las palabras se acumulan en la pluma de San Pablo cuando trata de decir lo que representan para Cristo su resurrección y su glorificación a la derecha de Dios, y los innumerables e inconmensurables beneficios que de ellas se derivan para nosotros. La oración del Apóstol se convierte entonces en acción de gracias, en «eucaristía», dirigida al «Dios de nuestro Señor Jesucristo», el Padre que «todo lo puso bajo los pies» de su Hijo y «lo dio a la Iglesia, que es su cuerpo, como cabeza, sobre todo».

Lo sentó a su derecha en el cielo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Palabra de Dios.

ALELUYA Mt 28,19.20

Aleluya. Aleluya.
Tenía que padecer y resucitar de entre los muertos,
para el perdón de los pecados
la conversión de todos los pueblos. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Id y haced discípulos de todos los pueblos
—dice el Señor—;
yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo. Aleluya.

EVANGELIO

Al igual que la Pascua de Cristo, muerto y resucitado al tercer día, la misión universal de la Iglesia da cumplimiento a las Escrituras, porque Jesús padeció y resucitó de entre los muertos para que, en su nombre, todos obtengan el perdón de los pecados. Esta es la buena noticia que han de anunciar al mando entero los que reconocen en Jesús al Señor, ante el cual se postran en gesto de adoración.

Mientras los bendecía, fue llevado hacia el cielo.

+ Conclusión del santo evangelio según san Lucas 24,46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto."
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra de Dios.



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lunes, 25 de abril de 2016

01-05-2016 - 6º domingo de Pascua (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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6º domingo de Pascua (C)


Cuando la Ascensión del Señor se celebra el domingo siguiente, en este sexto domingo de Pascua pueden leerse la segunda lectura y el evangelio asignados al séptimo domingo.

Con su vuelta al Padre, el Señor resucitado no abandona a sus discípulos. Permanece con todos y con cada uno de ellos de un modo nuevo que antes no le permitía su condición humana. Viene con el Padre y hace morada en los que lo aman y guardan sus palabras. Y les da el Espíritu Santo, el Defensor, memoria viva y maestro interior de la Iglesia.
Él ha transformado a hombres débiles y cobardes en predicadores decididos del Evangelio y en testigos del Señor, valientes hasta el martirio. Les ha hecho recordar palabras de la Escritura o de Jesús oídas distraídamente, o no comprendidas al principio. Con mucha frecuencia los evangelistas y los escritos apostólicos citan textos escriturísticos y palabras de Jesús que el Espíritu Santo les ha traído a la memoria o cuyo significado les ha revelado posteriormente. Más tarde, los padres de la Iglesia, los exégetas, los místicos, los simples fieles, han seguido profundizando en el sentido y el alcance de las Escrituras inspiradas, que el magisterio y los predicadores actualizan. Así es como se ha ido desarrollando y sigue desarrollándose aún la tradición viva de la Iglesia.
Muy pronto, después de Pentecostés y bajo el impulso del Espíritu Santo, los primeros discípulos, tras vivos debates, admiten que los paganos convertidos no tienen por qué guardar normas añadidas. A medida que se va extendiendo la misión, la Iglesia, con mayor o menor valentía o, a veces, por el contrario, reticencia, se va abriendo progresivamente a nuevas culturas. Por ejemplo, los autores del Nuevo Testamento tradujeron al griego las enseñanzas que Jesús había impartido en arameo, mientras que fueron necesarios siglos para que la liturgia pudiera celebrarse en todas las lenguas. Casi en nuestros días, el Vaticano II (1962-1965) ha afirmado solemnemente que la Iglesia tiene el deber de abrirse ampliamente a todas las culturas, dando prueba de discernimiento, ciertamente, pero sin miedos. El papa y el colegio de los obispos han «decidido» con el Espíritu Santo no imponer a los fieles de nuestro tiempo cargas seculares, pero que ya no eran necesarias.
A los que aguardan llenos de esperanza la manifestación de la Jerusalén del cielo, el Espíritu les anuncia: «Vivid con alegría y en acción de gracias. Salud».

PRIMERA LECTURA

¿Es necesario, o legítimo, imponer a otros prácticas ancestrales de valor indiscutible, que han jalonado el camino de muchos hacia el evangelio? Es la cuestión que plantean, sin duda con buena intención, gentes venidas de Judea a Antioquía. Después de una seria discusión, la asamblea, llamada a veces «concilio de Jerusalén», consciente de la asistencia del Espíritu Santo, toma una decisión inspirada por el deseo de mantener la unidad y la caridad en las comunidades formadas por cristianos procedentes del judaísmo y del paganismo.

Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2. 22-29

En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia.
Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:
«Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo.
Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.»

Palabra de Dios.

SALMO

Un solo Señor Jesucristo, conduce a la multitud de los pueblos hacia el Padre de todos.

Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8

R
Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros:
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R

Que canten de alegría las naciones,
porque riges la tierra con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra. R

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga;
que le teman hasta los confines del orbe. R

SEGUNDA LECTURA

La ciudad futura garantizará una protección total a sus habitantes (»una muralla grande y alta»); el Antiguo Testamento (los nombres de las doce tribus grabados en las puertas) y el Nuevo (los nombres de los doce apóstoles en los basamentos de la muralla) le dan cohesión; participará de la eternidad y la gloria de Dios (no necesita sol ni luna que la alumbre); y se habrá superado el tiempo de las mediaciones sacramentales (no habrá ya santuario).

Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.

Lectura del libro del Apocalipsis 21,10-14. 22-23

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios.
Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido.
Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel.
A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas.
La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.
Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.
La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

Palabra de Dios.

O bien.

El Apocalipsis, último libro de la Biblia, concluye con una advertencia seria y solemne: no se debe quitar ni añadir nada a las Sagradas Escrituras. La última revelación del libro se refiere a la certeza del retorno del Señor. Que los creyentes no bajen la guardia y no se replieguen en sí mismos. El tiempo apremia; es urgente dar testimonio de la resurrección del Señor Jesús. La vida, como la liturgia, debe apresurar el día del reencuentro, en el que se consumará, en el amor; el misterio de la unidad entre Dios, la humanidad y el universo entero: «Amén. Ven, Señor Jesús. Marana tha».

Ven, Señor Jesús.

Lectura del libro del Apocalipsis 22,12-14.16-1 7.20

Yo, Juan, escuché una voz que me decía: «Mira, llego enseguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin. Dichosos los que lavan su ropa, para tener derecho al árbol de la vida y poder entrar por las puertas de la ciudad. Yo, Jesús, os envío mi ángel con este testimonio para las Iglesias. Yo soy el retoño y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana». El Espíritu y la novia dicen:
«Ven!». El que lo oiga, que repita: «Ven!». El que tenga sed, y quiera, que venga a beber de balde el agua viva. El que se hace testigo de estas cosas dice: «Sí, voy a llegar enseguida». Amén. Ven, Señor Jesús.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 14,23

Aleluya. Aleluya.
No estéis tristes ni tengáis miedo:
Jesús se ha ido al Padre,
pero vuelve de nuevo
por el don del Espíritu, el Defensor Aleluya.

Aleluya, aleluya.
El que me ama guardará mi palabra
—dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. Aleluya.

EVANGELIO

La partida de Jesús ¿condenará a los que no lo han conocido personalmente a vivir como en un destierro, en la soledad árida de la fe, a la espera del retorno glorioso del Señor? No; si aman y guardan fielmente sus palabras, tendrán siempre con ellos al Padre y al Hijo, con el Espíritu Santo, memoria viva del Evangelio.

El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.

Palabra de Dios.

O bien.

Jesús ha sido enviado para reconciliar al mundo con Dios, para reconciliar a los hombres entre sí y para con gregarios en la unidad, que tiene su fuente, su modelo y plenitud en la unidad del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. En unas pocas frases de extrema densidad, la conclusión de la sublime oración de Jesús, al llegar «la hora de pasar de este mundo al Padre», expresa el núcleo del misterio en el que todos están llamados a participar, y que los cristianos, con su comportamiento diario, deben anunciar al mundo.

Que sean completamente uno.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 17,20-26

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo:
«Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos».

Palabra de Dios.



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lunes, 18 de abril de 2016

24-04-2016 - 5º domingo de Pascua (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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5º domingo de Pascua (C)


El tiempo de los cristianos, de la Iglesia, del universo entero, es un tiempo intermedio entre la partida de Cristo, glorificado a la derecha del Padre, y la aparición de «un cielo nuevo y una tierra nueva» que su vuelta inaugurará. Entonces desaparecerá todo lo que es hoy campo acotado donde se enfrentan el bien y el mal, la luz y las tinieblas. Ya no existirá el mar, ese abismo temible, imagen de todos los peligros, morada de las potencias malignas, cuya profundidad insondable evoca en la literatura bíblica la del infierno. El universo entero quedará disponible para la «Jerusalén del cielo», «morada de Dios con los hombres», que, para siempre y ya de manera absoluta, será por fin «su pueblo». Esta grandiosa visión no tiene absolutamente nada de espejismo o de sueño fantástico, cuyas bellas imágenes se desvanecen al despertar. Por la fe conocemos «ya» estas realidades que pronto se «manifestarán»; «ya desde ahora» poseemos las arras de lo que «todavía» esperamos.
Paradójicamente, esta espera exige tener en consideración el valor del «primer cielo», bajo cuya bóveda vivimos, y de la «primera tierra», sobre la que se desarrolla nuestra existencia actual. Cualquiera que sea el desorden que el pecado de los hombres ha introducido en este mundo, sigue siendo obra del Creador, manifiesta su sabiduría, su poder y su amor. Aun cuando la locura de los hombres hiciera un día inhabitable nuestro planeta, no por ello cambiaría el designio inicial de Dios. Porque hay un hombre que lo ha rescatado todo y por el cual la creación llegará a su meta ocurra lo que ocurra. Habiendo compartido en todo la condición humana, hasta el fracaso dramático de la muerte, se ha convertido, por su resurrección, en el primogénito de este mundo nuevo, en el que ya no habrá luto, ni llanto, ni dolor, y en el que ya no reinará la muerte. Muriendo por amor, Cristo ha destruido las raíces más hondas y ocultas del odio. Ha derribado los muros que separaban a los hombres y ha abierto a todos ‘.ia puerta de la fe», que da acceso al Reino. Seguramente aún hemos de «pasar mucho». Pero nada podrá impedir que se realice el plan de salvación universal que Dios lleva adelante.
Durante la última cena con sus discípulos, Jesús no dejó más que un mandamiento: «Que os améis unos a otros». El amor fraterno lo hace ya «todo nuevo» y anuncia lo que está por venir.

PRIMERA LECTURA

Conclusión de un viaje misionero ejemplar: en todos los lugares por donde pasan, Pablo y Bernabé anuncian el Evangelio, pero vuelven a las comunidades recién fundadas para animar a los discípulos y prevenirlos contra el escándalo de las pruebas; dotan a las Iglesias jóvenes de estructuras locales y, finalmente, regresan a Antioquía de Siria para dar cuenta de su actividad a la Iglesia que los ha enviado y para comunicarles la apertura de los paganos a su predicación, cuya iniciativa no dejan de atribuir a Dios.

Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 14,21b-27

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir.
Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

Palabra de Dios.

SALMO

Ternura de Dios con sus obras. Bondad del Señor con todos. La puerta de la fe abierta a los gentiles.

Salmo 144, 8-9. 10-11. 12-13ab

R
Bendeciré tu nombre por siempre jamás,
Dios mío, mi rey.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R

SEGUNDA LECTURA

Una nueva creación, una ciudad santa descendida del cielo, enviada por Dios: no se trata de vanas esperanzas, sino de promesas cuyo cumplimiento san Juan tiene un día el privilegio de contemplar realizadas en una visión.

Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

Lectura del libro del Apocalipsis 21,1-5a

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono:
- Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.
Y el que estaba sentado en el trono dijo:
- Todo lo hago nuevo.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 13,34

Aleluya. Aleluya.
Cristo nos da un mandamiento nuevo.
Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por sus amigos. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Os doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que os améis unos a otros,
como yo os he amado. Aleluya.

EVANGELIO

Después de su vuelta al Padre, Jesús sigue estando con los suyos. No son los discursos los que dan testimonio de esta presencia invisible, sino el amor que los cristianos se tienen unos a otros. «Como yo os he amado», dice Jesús. El amor fraterno y su expresión concreta tienen, pues, una dimensión verdaderamente divina.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 13,31-33a. 34-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
- Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

Palabra de Dios.



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lunes, 11 de abril de 2016

17-04-2016 - 4º domingo de Pascua (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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4º domingo de Pascua (C)


El tiempo de la Iglesia y de los cristianos es el tiempo de un gran éxodo pascual tras los pasos de Cristo, el buen Pastor. El invita a los hombres «de toda nación, raza, pueblo y lengua», a acudir a las «fuentes de aguas vivas». Con él, nada les faltará. Todos los que escuchen su voz pueden tener la certeza de lograr una confianza y una seguridad totales. Nada ni nadie podrá arrebatarles a Cristo, porque está ahora junto al Padre, indisolublemente unido a él, recibiendo el mismo honor y la misma alabanza.
El universalismo de la llamada a la salvación está inscrito en la tradición profética. «Todos verán la salvación de Dios», se lee en el libro de Isaías (Is 40,6). Este oráculo, dice san Lucas, lo retoma Juan, el Precursor, exhortando a preparar los caminos del Señor (Lc 3,6). Al hablar de cómo en Antioquía de Pisidia Pablo y Bernabé tienen que volverse a los paganos, el libro de los Hechos (Hch 13,47) recuerda lo que el profeta había anunciado hablando del esperado siervo de Dios: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,6). Estos oráculos podían entenderse como obligación de pasar por el judaísmo. De hecho, los apóstoles empiezan a anunciar el evangelio a sus hermanos judíos. Pero las reticencias de algunos, los «signos de los tiempos» y las intervenciones del Espíritu Santo no tardaron en hacer comprender que estas profecías concernían a todos los pueblos, llamadas a participar en un mismo don (Hch 11,17). La predicación del evangelio a los paganos no es, pues, una especie de accidente histórico; no se produce porque otros no la escucharan. No hay que olvidar que, según el testimonio del libro de los Hechos de los apóstoles, hubo judíos, a veces en gran número, que acogieron el anuncio del Evangelio. En la época en que la comunidad cristiana estaba todavía concentrada en Jerusalén, el mismo Pedro es movido a bautizar a paganos. En cuanto a san Pablo, el apóstol de los gentiles, recordando que Dios es fiel a sus promesas, mantiene siempre la prioridad del anuncio evangélico a sus hermanos, sin perder nunca la esperanza de su conversión.
En el cielo, los elegidos esperan que se unan a ellos los que aún militan en la tierra. Entonces se pondrá en marcha la gran procesión de los salvados, procesión que nuestras asambleas litúrgicas anuncian y prefiguran, y de la que son prenda.

PRIMERA LECTURA

Antioquía de Pisidia (actualmente Valvas, en Turquía). Una comunidad judía importante, pero seguramente de tendencia tradicionalista, rechaza a Pablo y Bernabé, llegando a conseguir que sean expulsados del territorio. Los apóstoles se vuelven entonces a los paganos, que acogen con alegría la Buena Noticia de su llamada a la salvación. A partir de este momento, según el testimonio del autor del libro de los Hechos, el evangelio empieza a ser anunciado a todos sin distinción. Pronto el «concilio de Jerusalén» (Hch 15,1-35) decretará la legitimidad de este universalismo y reconocerá a Pablo como el elegido por Dios para ser el «Apóstol de los gentiles».

Sabed que nos dedicamos a los gentiles.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 13,14. 43-52

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.
Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles a la gracia de Dios.
El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones:
- Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: «Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra».
Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron.
La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio.
Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

SALMO

Acción de gracias por Cristo Salvador, anunciado hasta el extremo de la tierra.

Salmo 99, 2. 3. 5

R
Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades». R

SEGUNDA LECTURA

Como por una ventana entreabierta, san Juan contempla la inmensa muchedumbre de los elegidos congregados en el cielo. Los primeros en llegar están allí, de pie, en actitud de oración, como los Orantes de las pinturas antiguas. Se han despojado de la ropa que llevaban en su vida ordinaria para revestirse de las «vestiduras blancas» de la liturgia, y tienen ya las palmas en sus manos. Aguardan a que se unan a ellos sus hermanos, que todavía están haciendo frente a la «gran tribulación».

El Cordero será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas.

Lectura del libro del Apocalipsis 7,9. 14b-17

Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
Y uno de los ancianos me dijo:
- Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.
Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo.
El que se sienta en el trono acampará entre ellos.
Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas.
Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 10,14

Aleluya. Aleluya.
A todas sus ovejas les da la vida eterna,
porque él y el Padre son uno;
y nadie puede
arrebatarlas de su mano. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Yo soy el buen Pastor —dice el Señor—,
conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. Aleluya.

EVANGELIO

«Escuchar» y «seguir»; «conocer» y «dar la vida»: cuatro verbos que expresan la relación entre el divino Pastor y sus ovejas, cuya seguridad está garantizada por el Padre, con quien el Señor es «uno».

Yo doy la vida eterna a mis ovejas.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 10,27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:
- Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.
Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Yo y el Padre somos uno.

Palabra de Dios.



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lunes, 4 de abril de 2016

10-04-2016 - 3º domingo de Pascua (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

Para leer, compartir, bajarse o imprimir las lecturas y el Evangelio del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer los evangelios de cada ciclo.
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3º domingo de Pascua (C)


Tiempo de Pascua.

En el tercer domingo de Pascua de este ciclo C se lee el relato de la aparición del Resucitado a la orilla del lago en el que los discípulos han estado faenando toda la noche sin pescar nada. Para el cuarto domingo la liturgia ha reservado la última parte del discurso de Jesús sobre el buen Pastor. Vienen luego dos pasajes del diálogo que Jesús tuvo con los suyos cuando llegó «la hora de pasar de este mundo al Padre». Será el amor fraterno, el «mandamiento nuevo», la señal por la que se conocerán sus discípulos (quinto domingo). Les promete permanecer con ellos junto al Padre, y enviarles al Defensor que les enseñará y les hará recordar todo lo que él les ha dicho (sexto domingo). Se lee luego (séptimo domingo) el final de la gran oración en la que Jesús pide a su Padre que guarde a los discípulos en la unidad que él tiene con el Padre y el Espíritu Santo. Por otro lado, el Tiempo pascual de este ciclo presenta una particularidad: la lectura de cinco pasajes del libro del Apocalipsis, el único escrito del Nuevo Testamento que pertenece a este género literario. Cada una de las visiones recogidas pone ante los ojos de los cristianos, reunidos para la celebración de la eucaristía, la meta de su itinerario pascual: la Jerusalén del cielo, donde todos los cristianos son esperados y participarán de la gloria de Cristo resucitado.

3º domingo de Pascua.

Tiempo pascual, tiempo de Iglesia, y viceversa: esto es lo que proclama, ilustra y celebra la liturgia de este tercer domingo de Pascua. En el cielo, la muchedumbre incontable de los ángeles y los vivientes que están alrededor del trono cantan sin cesar la gloria de Dios y del Cordero degollado, el Señor resucitado. La visión de san Juan da testimonio de lo que enseña la fe, y muestra cómo el «amén» de las asambleas cristianas de aquí abajo hace eco al de todas las criaturas del cielo: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
La manifestación plena de esta victoria de la vida sobre la muerte es todavía objeto de esperanza, pero de una esperanza que no puede defraudar y que los cristianos quisiéramos compartir con todos. El tiempo pascual de la Iglesia es, pues, el tiempo del testimonio y la predicación, de los que nada ni nadie puede apartarnos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Lejos de desanimar, los ultrajes y humillaciones sufridos por el nombre de Jesús dan seguridad a los que se conforman a la voluntad y el designio de Dios. La fuerza del Espíritu les da una audacia de la que ellos son los primeros sorprendidos.
El tiempo pascual de la Iglesia es el de la misión, siempre laboriosa, a menudo ingrata. Puede suceder que uno esté bregando durante toda su vida, de noche, sin ver los resultados. Pero no por ello hay que creer que se trabaja en vano. El Señor espera en la otra orilla a que los «pescadores de hombres» hayan terminado su trabajo. A su regreso se encontrarán con que el Resucitado les ha preparado la comida de la que la eucaristía es sacramento, anticipo y prenda. Y descubrirán asombrados el extraordinario resultado de sus esfuerzos perseverantes, aparentemente inútiles, y que lo habrían sido realmente si se hubieran fiado únicamente de su propia habilidad.
Aún no ha llegado el momento de ajustar cuentas, de hacer balance de resultados. Sólo importa una cosa: trabajar sin descanso y sin desánimo, cada uno según su propia vocación, en el mar de este mundo. Hoy, como entonces a Pedro, el Señor se dirige al discípulo que participa en el banquete eucarístico, diciéndole: «,Me amas? Sígueme, y déjate llevar incluso a donde no quisieras ir».

PRIMERA LECTURA

Condenado a muerte por los hombres, Jesús ha sido resucitado por Dios; ejecutado como malhechor, aporta a todos la salvación y el perdón de los pecados: esta es la fe que la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, no cesa de proclamar con la asistencia del Espíritu Santo. Las amenazas y las persecuciones no podrán reducirla al silencio.

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 5,27b-32. 40b-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo:
- ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.
Pedro y los apóstoles replicaron:
- Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Palabra de Dios.

SALMO

Júbilo de la mañana de Pascua: Cristo ha surgido vivo del abismo. Nada ni nadie puede impedir que se proclame esta Baena Noticia.

Salmo 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b

R
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado,
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, Dios mío, a ti grité y tú me sanaste;
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida.
Al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana el júbilo. R

Escucha, Señor, y ten piedad de mí,
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R

SEGUNDA LECTURA

Para dar cuenta de su visión, el autor del libro del Apocalipsis no tenía más remedio que recurrir a imágenes, lo mismo que los profetas y los místicos. Como Daniel (Dn 7,10-12), contempla, maravillado, una grandiosa liturgia celeste. Pero el centro es Jesús, el «Cordero degollado»; recibe el mismo homenaje y la misma adoración que Dios, que «se sienta en el trono». Un «amén» solemne, cuyo eco se repite sin fin, da a esta apoteosis de Cristo, glorificado a la derecha de Dios, una resonancia cósmica.

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.

Lectura del libro del Apocalipsis 5,11-14

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente:
- Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.
Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían:
- Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén».
Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

Palabra de Dios.

ALELUYA

Aleluya. Aleluya.
¡Es el Señor! A él gloria y alabanza
en la tierra como en el cielo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Ha resucitado Cristo, que creó todas las cosas
y se compadeció del género humano. Aleluya.

EVANGELIO

La «tercera» aparición del Resucitado recogida en el apéndice, o epílogo, del evangelio según san Juan se diferencia de todas las demás: no son testigos los once, sino sólo cinco de ellos y «dos discípulos» anónimos; y no surgen dudas a la hora de identificar al Señor. ¿ Cómo no ver aquí una evocación de la Iglesia pascual? Ella brega en el mar de este mundo, con frecuencia sin resultados aparentes. El Señor, por su parte, ve dónde hay que echar las redes; si los discípulos siguen sus indicaciones, se sorprenderán por la extraordinaria fecundidad de sus esfuerzos. La comida de pan y pescado, presidida por el Señor, hace pensar en la eucaristía. El primado de Pedro, en fin, se funda en su entrega, en la Iglesia, al servicio del amor hasta el martirio.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 21,1-19

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
- Me voy a pescar.
Ellos contestan:
- Vamos también nosotros contigo.
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
- Muchachos, ¿tenéis pescado?
Ellos contestaron:
- No.
Él les dice:
- Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
- Es el Señor.
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
- Traed de los peces que acabáis de coger.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
- Vamos, almorzad.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
- Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Él le contestó:
- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
- Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunta:
- Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Él le contesta:
- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Él le dice:
- Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
- Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó:
- Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
- Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
- Sígueme.

Palabra de Dios.



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