lunes, 16 de enero de 2017

22-01-2017 - 3º domingo Tiempo ordinario (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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3º domingo Tiempo ordinario (A)


La liturgia de este domingo introduce de manera notable en la lectura continua del evangelio según san Mateo y en la celebración del conjunto de los domingos del «Tiempo ordinario» de este ciclo.
En el momento en que deja de oírse la voz de Juan, el Precursor, aparece aquel a quien todos los profetas anunciaron. Cuando Jesús empieza a predicar, brilla «una luz grande» sobre los que «habitaban en tierra y sombras y de muerte». «Está cerca el reino de los cielos»; sus habitantes, liberados del yugo de la antigua opresión, podrán por fin gozar de una alegría sin límites. Jesús recorre Galilea proclamando un evangelio de conversión, una enseñanza que hay que poner en práctica, cuya difusión encomienda a hombres que, sin vacilar, lo dejan todo para seguirlo. La Buena Noticia, proclamada inicialmente en las aldeas de una provincia donde se codean creyentes y paganos, y anunciada después al mundo entero, sigue resonando hoy entre nosotros.
Ya no hay que buscar la salvación en la sabiduría humana. Por otro lado, atarse a quien sea, aunque se trate del predicador al que se debe el descubrimiento del evangelio, origina fatalmente partidismos que siempre resultan perjudiciales para la armonía de la comunidad eclesial y, cuando se exacerban, engendran los cismas. Lo mismo ocurre cuando un grupo de cristianos se arroga la exclusividad de la pertenencia a Cristo; esto equivale a dividir a quien murió precisamente para reunir a los hijos de Dios dispersos. No hay más que un bautismo, una fe, un Dios y Padre de todos.
Desde la profecía de Isaías hasta el relato evangélico del comienzo de la predicación de Jesús, pasando por la exhortación de san Pablo a la unidad, todo en la liturgia de este domingo se orienta hacia el presente. La luz anunciada en otro tiempo ha brillado ya, dando a todos la posibilidad de salir de las tinieblas. La Buena Noticia abre a todos el camino de la conversión a Dios y de la salvación, que se funda en Cristo muerto en la cruz y no en ninguna ilusoria confianza humana. Al contrario de la sabiduría humana, accesible sólo a unos pocos, el mensaje evangélico se propone a todos, empezando por los pequeños y sencillos. El Señor Jesús es el centro en tomo al cual ha que congregarse, como hacemos en la liturgia.

PRIMERA LECTURA

Al pueblo que había caído bajo el yugo de la dominación extranjera, Isaías, varios siglos antes de Jesucristo, le anuncia la maravillosa restauración de su independencia nacional. San Mateo se acuerda de este oráculo cuando Jesús empieza en Galilea su predicación sobre la llegada del reino de los cielos.

En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande.

Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9, 3

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.
Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Palabra de Dios.

SALMO

Profesión de fe y oración. El Señor es la luz que brilla en las tinieblas, la esperanza de los que caminan hacia la casa del Padre.

Salmo 26, 1. 4. 13-14 (R.: 1a)

R.
El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R.

SEGUNDA LECTURA

Los cismas, los clanes que se enfrentan apelando a tal o cual apóstol, e incluso reivindicando una pertenencia exclusiva al Señor suponen la división del mismo Cristo. La adhesión sectaria a un predicador del evangelio, por muy prestigioso que sea, y por mucho que se le deba, es «hacer ineficaz la cruz de Cristo», única causa de la salvación, fundamento y exigencia de unidad de todos los creyentes.

Poneos de acuerdo y no andéis divididos.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir.
Hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo. »
¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Palabra de Dios.

Aleluya Mt 4, 23

Aleluya, aleluya.
Gloria a Cristo,
que cura todas las enfermedades
y llama discípulos
que anuncien la llegada del reino.. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Jesús proclamaba el Evangelio del reino,
curando las dolencias del pueblo. Aleluya.

EVANGELIO

Desde la presentación inicial de la predicación de Jesús, el evangelio según san Mateo insiste en algunos puntos característicos: la predicación de Jesús da cumplimiento a las Escrituras; es Buena Noticia; las curaciones de enfermos son signos de la llegada del reino de los cielos; la urgencia de la conversión, el evangelio, enseñanza que hay que poner en práctica; cuando el Señor llama, hay que dejarlo todo «inmediatamente» para seguirlo. Finalmente, una perspectiva universalista y eclesial del evangelio: Jesús empieza su ministerio en Galilea, desde donde, después de su resurrección, enviará a los apóstoles al mundo entero con la misión de bautizar a todos los que crean en él.

Se estableció en Cafarnaún. Así se cumplió lo que había dicho Isaías.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
-«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo:
-«Venid y siguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes. con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Palabra de Dios.



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lunes, 9 de enero de 2017

15-01-2017 - 2º domingo Tiempo ordinario (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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2º domingo Tiempo ordinario (A)


EL TIEMPO ORDINARIO

Al tiempo más largo de la liturgia se le da el nombre de «ordinario». Esta denominación puede mover a confusión, ya que en el lenguaje comente se califica así todo aquello que no ofrece un interés particular. Pero en su sentido originario, «ordinario» significa «normal», «habitual», «según el orden de las cosas», lo que no implica ninguna connotación peyorativa. Se habla del «tiempo ordinario» del año litúrgico en este sentido originario.
Durante este periodo la liturgia celebra «de manera habitual» el misterio de la salvación, que se va desplegando día tras día, «según el orden normal de las cosas». Los domingos son, «como es debido», de acuerdo con la tradición, celebración semanal de la Pascua del Señor. El acento recae en la indefectible fidelidad del amor del Padre revelado por su Hijo, en la acción discreta pero perseverante y eficaz del Espíritu, que conduce la creación entera hacia el día en que el retorno glorioso de Cristo inaugure los tiempos nuevos.
Para los cristianos y para la Iglesia, el tiempo ordinario es el tiempo de la fidelidad perseverante a la llamada de Dios, el de la larga marcha, paso a paso, día tras día, en el seguimiento de Cristo. A lo largo de este éxodo, y a medida que pasan los años de su vida, cada cual puede ir descubriendo los horizontes siempre nuevos hacia los que la liturgia, sobre todo en las asambleas dominicales, quiere llamar la atención. Creyentes y comunidades cristianas se ven así estimulados a avanzar constantemente, siguiendo su propio ritmo, con confianza y decisión. A medida que pasa el tiempo se va comprendiendo cada vez mejor el valor de una vida cristiana animada por un dinamismo regular. Es el tiempo de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la oración constante, «con minúsculas», podría decirse. Con la gracia cotidiana, «ordinaria», de Dios, nos hacemos, progresivamente y en todas las edades, adultos en Cristo, miembros más vigorosos de su cuerpo en continuo crecimiento. La verdad es que esta larga sucesión de semanas y domingos es cualquier cosa menos un periodo trivial e insignificante.
La liturgia del tiempo ordinario presenta además una característica sumamente valiosa. En los otros periodos del año litúrgico, que celebran un aspecto particular del misterio, los textos de la Escritura están entresacados de toda la Biblia. Durante el tiempo ordinario, en cambio, se van leyendo sucesivamente, en su orden y de manera casi íntegra, el evangelio según san Mateo (ciclo A), según san Marcos (ciclo B) y según san Lucas (ciclo C). La primera lectura es un texto del Antiguo Testamento elegido en función del evangelio del día. Esta aproximación muestra la continuidad de la revelación divina, así como el desarrollo progresivo de su acción de cara a la salvación de la humanidad. Pero al mismo tiempo pone de manifiesto cómo la venida de Jesús, mediante su enseñanza, sus obras, su muerte y su resurrección, da cumplimiento a las Escrituras y lo lleva todo a su perfección última. Las promesas anteriores adquieren en él pleno sentido. La lectura semanal de una página de lo que se llama el Antiguo —mejor sería decir «Primer»— Testamento recuerda a los cristianos que para entender al Señor y su evangelio hay que remitirse incesantemente a las palabras de Moisés y los profetas (Lc 24,27) y rememorar las «maravillas» realizadas por Dios a lo largo de los siglos.
La liturgia dominical propone, además, la lectura de los pasajes más significativos de las cartas de san Pablo y de Santiago y la carta a los Hebreos. Así las comunidades cristianas están invitadas a acercarse regularmente a una «Mesa de la Palabra» abundante y variada para alimentarse y satisfacer sus necesidades «ordinarias».
Si el tiempo de Adviento, Navidad y Epifanía, la Cuaresma y la Cincuentena pascual se denominan «tiempos fuertes», no significa en absoluto una descalificación del Tiempo ordinario, como si se tratara de un tiempo para cierta relajación. Al contrario: los demás tiempos toman en él su impulso y dinamismo. En el mantillo del Tiempo ordinario va germinando y creciendo silenciosamente la buena semilla. Es el tiempo de la paciencia de Dios, de la vigilancia activa y cotidiana del hombre para que la semilla generosamente arrojada en tierra no se ahogue por los afanes de este mundo (Mt 13,18-23). Las parábolas de la higuera (Lc 13,6-9), el grano de mostaza (Mt 13,31- 32), la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29) expresan el inestimable valor, la gracia abundante de este largo periodo del año litúrgico, propicio para la maduración de los frutos del Espíritu.
En definitiva, el Tiempo ordinario, bien entendido, está más en armonía con la vida corriente de cada creyente, de las comunidades cristianas, de la Iglesia y del mundo en marcha hacia el encuentro con el Señor, que ha venido, viene y vendrá. Culmina el trigésimo cuarto domingo, con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo.

CICLO A

El primero de los tres ciclos dominicales del tiempo ordinario se caracteriza por el predominio del evangelio según san Mateo, el único que se utiliza desde el tercer domingo hasta el trigésimo cuarto. Durante este periodo se leen casi una tercera parte de los versículos que tratan del ministerio público de Jesús, desde el encarcelamiento de Juan Bautista hasta el discurso sobre el juicio cuando vuelva el Hijo del hombre (4,4—25,46). A medida que se va proclamando la Buena Noticia se van precisando sus exigencias para los cristianos y para las comunidades eclesiales. Por eso este evangelio ha gozado de una gran preponderancia en el uso litúrgico. San Mateo insiste de manera muy especial en el hecho de que la misión del Señor se sitúa dentro de la trama de la historia de la salvación y en continuidad con la revelación anterior, como testimonian las numerosas referencias al Primer Testamento. Se complace en presentar a Jesús como el Maestro y el Señor, con una autoridad sin igual, cuyas enseñanzas han de ponerse en práctica: creer es actuar según la voluntad del Padre que el Hijo nos ha revelado. Por otro lado, desde el segundo hasta el trigésimo cuarto domingo se van leyendo sucesivamente ocho pasajes de la primera carta de san Pablo a los Corintios, dieciséis de la carta a los Romanos, cuatro de la carta a los Filipenses y cinco de la primera carta a los Tesalonicenses.

SEGUNDO DOMINGO TIEMPO ORDINARIA (A)

«La verdad es que no lo conocía, hasta que un día tal palabra suya, tal acto, me reveló de pronto su auténtica y profunda personalidad, su misterio». Es una constatación que se da con bastante frecuencia en relación con personas a las que hemos tratado durante muchos años, a veces incluso desde la infancia. Esta experiencia común la hicieron también, y con mucha mayor razón, los que trataron de cerca a Jesús, empezando por María, su madre (Le 2,50). Por eso no ha de sorprendernos que Juan Bautista diga insistentemente refiriéndose a Jesús: «Yo no lo conocía». Seguramente había oído a sus padres hablar de él con admiración. Seguramente presentía que el hijo de María no era un cualquiera, quizá, incluso, que Dios tenía planes especiales para este primo suyo nacido unos meses después que él. Pero fue necesaria una manifestación divina, la teofanía del bautismo, para que el Precursor viera en Jesús al Hijo de Dios, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esta revelación inicial no impidió que el Precursor tuviera más adelante dudas y vacilaciones (Mt 11,2-3), pero tuvo tanta importancia que el evangelista quiso que los cristianos guardaran memoria de ella. Efectivamente, creyentes han de remitirse constantemente a ella, pensando en su propio bautismo, sin sorprenderse de tener que pasar por momentos de duda o perplejidad. Tanto para el creyente como para la Iglesia, el verdadero rostro de Jesús se va desvelando poco a poco, a lo largo de un itinerario de fe recorrido lenta y laboriosamente. Esto acontece con todos, incluso con aquellos que han tenido la gracia de una iluminación fulgurante.
A lo largo de siglos de espera, el Espfritu ha permitido a esos grandes videntes llamados profetas esbozar los rasgos del Siervo que Dios había de enviar «para que su salvación alcanzara hasta el confín de la tierra». Releídos hoy, estos oráculos adquieren toda su densidad e iluminan con una luz que viene del fondo de los tiempos los rasgos del Señor, de quien Juan Bautista dio testimonio. Nosotros sabemos que, «por Cristo Jesús», Dios santifica a «todos los que invocan el nombre de Jesucristo», y que «la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo están con nosotros».
Pero nadie puede pretender «conocer» plenamente al Señor antes de que llegue la anhelada visión cara a cara (iCo 13,12). Por firme que sea, la profesión de fe ha de seguir siendo humilde.

PRIMERA LECTURA

El Leccionario presenta aquí los versículos del oráculo-poema conocido como el «Tercer canto del Siervo» (Is 49,1-6), que habla de la misión de un personaje misterioso. La tradición cristiana vio muy pronto en él un esbozo de los rasgos del Señor Jesús.

Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación.

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6

El Señor me dijo:
«Tú -eres- mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-:
«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Palabra de Dios.

SALMO

Siguiendo las huellas de Cristo, nos atrevemos a decir.’ «Aquí estamos, Señor para hacer tu voluntad. ¡Venga a nosotros tu reino!».

Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: 8a y 9a)

R.
Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R.

Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R.

SEGUNDA LECTURA

Nunca es indiferente la manera como san Pablo empieza una carta. Al deseo de paz judío (shalom), él añade el de la gracia (charis). Tomada del uso griego, esta palabra evoca en el lenguaje cristiano el don por excelencia ofrecido en Jesucristo a todos sin excepción: la salvación.

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de¡ Señor Jesús sean con vosotros

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,1-3

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.
La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 1,14.12b

Aleluya. Aleluya.
Cristo, Hijo de Dios,
sobre ti ha bajado el Espíritu,
Señor Cordero de Dios,
que quitas el pecado del mundo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
A cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios. Aleluya.

EVANGELIO

Juan Bautista proclama que «no conocía» verdaderamente a Jesús, su primo, hasta el día en que contempló «al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él». Dice la verdad, porque, sin el testimonio del Espíritu, nadie puede reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Asimismo, sin el testimonio de las Escrituras, ¿quién se atrevería a decir sin vacilar: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»?

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo; al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo:
-«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
"Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. "
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra de Dios.



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lunes, 2 de enero de 2017

08-01-2017 - El Bautismo del Señor (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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El Bautismo del Señor (A)


A finales del siglo VIII se instauró en algunos lugares una octava de Navidad; ese día se leía el evangelio del bautismo. En el siglo XVIII se celebraba en Francia una fiesta del Bautismo del Señor. Por otro lado, la Epifanía de las Iglesias orientales celebra, no la adoración de los magos, sino la teofanía que tuvo lugar a orillas del Jordán, en el momento de ser bautizado. En el Calendario romano la celebración del Bautismo del Señor no se introdujo hasta 1960, fijándose su fecha actual en 1969. El Leccionario preveía entonces un evangelio propio para cada ciclo litúrgico, aunque manteniendo siempre las mismas primeras lecturas. En su segunda edición (1981) cada ciclo se ha dotado de textos bíblicos propios.
A pesar de su diversidad, e incluso de sus vacilaciones, el conjunto de las tradiciones litúrgicas han mantenido la gran importancia del acontecimiento que tuvo lugar a orillas del Jordán, adonde acudió Jesús para que Juan lo bautizara. Esta convergencia no tiene nada de sorprendente a la vista de lo que dicen los evangelios. San Mateo recoge el bautismo de Jesús en un relato detallado. San Marcos y san Lucas se conforman con mencionarlo. San Juan, por último, lo evoca con ocasión de la llamada de los primeros discípulos. Pero todos, cada uno a su modo, afirman que en este momento Jesús es testigo de una manifestación divina que lo designa como «Hijo amado» enviado del Padre. Esta teofanía es el «comienzo del Evangelio», porque es entonces cuando Jesús es investido solemnemente en su misión por el Padre y el Espíritu Santo, y se le confiere lo que podríamos llamar su «ordenación mesiánica». ELes el que los profetas, especialmente Isaías, anunciaban como el siervo a quien Dios ha hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones, el «soberano de naciones», el «pastor que apacienta el rebaño» y reúne a las ovejas dispersas. Quien cree en él se convierte en «hijo de Dios», porque en él «ha apareci4o la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres». En consecuencia, no se puede separar el bautismo de Jesús del bautismo que reciben sus discípulos.

PRIMERA LECTURA

Este «primer canto del siervo» presenta a un enviado de Dios excepcional. Manso y humilde de corazón, infinitamente misericordioso con todos, con una fuerza de ánimo invencible, luz de las naciones y alianza de Dios con su pueblo, Mesías pacífico, «implantará el derecho en la tierra». Este oráculo hace que la mirada de los cristianos se vuelva hacia Cristo, el ungido del Señor, el Hijo amado del Padre.

Mirad a mi siervo, a quien prefiero.

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7

Así dice el Señor:
- Mirad a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, a quien prefiero.
Sobre él he puesto mi espíritu,
para que traiga el derecho a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
el pábilo vacilante no lo apagará.
Promoverá fielmente el derecho,
no vacilará ni se quebrará,
hasta implantar el derecho en la tierra,
y sus leyes que esperan las islas.
Yo, el Señor,
te he llamado con justicia,
te he cogido de la mano,
te he formado,
y te he hecho alianza de un pueblo,
luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la prisión,
y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

Palabra de Dios.

SALMO

A orillas del Jordán, Dios manifestó en Jesús, su siervo, el poder de su amor, reveló la gloria de su verdad, desplegó la fuerza de su Espíritu.

Salmo 28, 1a y 2. 3ac-4. y 9b-10 (R.: 11b)

R.
El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R.

El Dios de la gloria ha tronado.
En su templo un grito unánime: «¡Gloria!»
El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno. R.

SEGUNDA LECTURA

Principales etapas del ministerio mesiánico de Jesús, evocadas en densa síntesis con ocasión del primer anuncio del «Señor de todos» a un pagano, al que Pedro administra el bautismo.

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
-«Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Palabra de Dios.

ALELUYA Lc 3,16

Aleluya, aleluya.
Palabra eterna del Padre,
Mesías de Dios con nosotros,
Templo del Espíritu Santo,
Jesucristo, gloria a ti. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
«Viene el que puede más que yo —dijo Juan—;
él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Aleluya.

EVANGELIO

Jesús ha sido bautizado en medio de la muchedumbre congregada por la predicación de Juan. Solo en la oración, como con tanta frecuencia a lo largo de su ministerio, ve al Espíritu descender sobre él y oye una voz del cielo que confirma su misión de Hijo eterno, enviado para que los hombres renazcan del agua y del Espíritu.

Jesús fue bautizado y mientras oraba, se abrieron los cielos.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 3,15-16. 21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Él tomó la palabra y dijo a todos:
- Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
- Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.

Palabra de Dios.

O bien.

El Hijo amado del Padre no tenía por qué someterse a un rito de purificación. No obstante, Jesús insiste. Juan debe bautizarlo: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Haciéndose solidario con los pecadores, Jesús les muestra y les abre el camino de la voluntad de Dios.

Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Entonces Juan se lo permitió.
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Palabra de Dios.



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domingo, 1 de enero de 2017

06-01-2017 - La Epifanía del Señor (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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La Epifanía del Señor (A)


La liturgia del 25 de diciembre hace hincapié en la identidad de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo de Dios hecho carne. La de la Epifanía celebra, en el mismo misterio, la manifestación del Señor a todos los hombres.
La extensión universal del reino de Dios, el Creador del universo, el Todopoderoso, el único Dios verdadero, constituye el núcleo de la revelación bíblica más antigua, siendo objeto de una esperanza cada vez mayor, a veces con tintes de impaciencia.
Consciente de la singularidad de su elección divina, el pueblo de la Biblia fue comprendiendo progresivamente que, de algún modo, este privilegio concernía a todos los pueblos de la tierra. Llegaría un día en que todas las naciones de la tierra acudirían a Jerusalén. la ciudad faro en la que habían de congregarse, con alegría, todos los hijos dispersos. Entonces se rendiría un homenaje unánime al Señor del universo, cuyo esplendor iluminaría la ciudad, y todos cantarían: «Se dirá de Sión: “Uno por uno, todos han nacido en ella”» (Sal 86,5).
La tradición cristiana ha recogido y asumido esa tradición y esa esperanza. La Jerusalén hacia la que marchan los hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, por quienes el Todopoderoso ha enviado a su Hijo, no es una ciudad de esta tierra: bajará del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios (Ap 21,10-1 1).
Unos magos venidos de Oriente para adorar al Señor recién nacido marcharían a la cabeza de esa muchedumbre inmensa. Tras haber encontrado al Salvador después de un largo viaje, se volvieron por otro camino, guiados ya, no por una estrella, sino por el reflejo de la Luz nacida de la luz, que había brillado ante sus ojos y que ahora iluminaba el mundo entero.
La celebración de la eucaristía y de todo sacramento es una epifanía, una manifestación del Señor, presente bajo unos signos humildes. Cuando la asamblea se dispersa, recibe también la invitación a volver por otro camino, el de la conversión: «Podéis ir en paz».

PRIMERA LECTURA

Marcada aún por el particularismo religioso, esta visión, unida a la del Apocalipsis, adquiere todo su sentido profético: la Jerusalén que esperamos bajará del cielo; en ella se reunirán para siempre, en alabanza unánime al Señor, los que ya desde ahora caminan hacia ella, guiados por la estrella de Cristo.

La gloria del Señor amanece sobre ti.

Lectura del libro de Isaías 60, 1-6

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!
Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti.
Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos.
Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá.
Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO

¡Que llegue el día de la congregación de todos los pueblos en torno a Cristo, rey de justicia y de paz, salvador de los pobres!

Salmo 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11)

R
Se postrarán ante ti, Señor,
todos los pueblos de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R

Que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.
Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan. R

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R

SEGUNDA LECTURA

La Epifanía del Señor, fundamento y exigencia del anuncio del Evangelio a todos los pueblos, para los que está abierto el acceso al Reino sin más condición que la fe en Cristo.

Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 3, 2-3a. 5-6

Hermanos:
Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro.
Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

Palabra de Dios.

ALELUYA Mt 2,2

Aleluya, Aleluya.
Estrella radiante de la mañana,
Jesucristo, luz de los pueblos,
Gloria a ti. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Hemos visto salir su estrella
y venimos a adorar al Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Ya en tiempos de san Mateo algunos se perdían en discusiones estériles. Con la palabra de Dios en la boca, mostraban a los demás el camino que tenían que seguir sin emprenderlo ellos, por miedo a perder lo que consideraban privilegios personales. Mientras tanto los paganos abrazaban la fe con alegría, dispuestos a acoger, sin reticencias, su inesperada novedad. También hoy las personas que menos se esperaba caminan denodadamente en busca del Señor. Cuando lo encuentran, llenas de alegría, no dudan en dejar atrás sus caminos habituales, guiados por la luz que los ilumina ahora en su interior.

Venimos de Oriente a adorar al Rey.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 1-12

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes.
Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
-« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.»
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
-«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
"Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."»
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
-«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Palabra de Dios.


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