lunes, 24 de abril de 2017

30-04-2017 - 3º domingo de Pascua (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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3º domingo de Pascua (A)


DOMINGOS DEL TIEMPO PASCUAL.

Durante los domingos del tiempo pascual se leen todos los años algunas páginas del libro de los Hechos de los apóstoles: en el ciclo A, las que se refieren a los acontecimientos que siguieron inmediatamente a la resurrección del Señor. Tras el relato de los peregrinos de Emaús (Lc 24,13-35), los evangelios se toman de san Juan: la primera parte del discurso de Jesús sobre el buen pastor (Jn 10,1- 10) y luego extractos del discurso de Jesús después de la Cena. La segunda lectura, por su parte, está tomada todos los domingos de la primera carta de san Pedro. Son textos breves, pero densos. En ellos se exhorta calurosamente a situar y vivir la existencia cotidiana en referencia constante al acontecimiento de la Pascua, con la mirada puesta constantemente en Cristo resucitado, tomando conciencia cada vez más viva de lo que hizo y de lo que hoy es para nosotros. Por él y en él, Cordero sin mancha inmolado, nuestra vida ha recuperado su sentido: sabemos adónde vamos. Ocurra lo que ocurra, la fe y la esperanza que ponemos en él deben permitirnos mantenernos firmes en las pruebas. Somos las piedras vivas del templo espiritual que se edifica sobre él, que es la piedra angular. Como miembros del pueblo que es propiedad de Dios, debemos seguir, aunque algunos días cueste, el camino recto por donde el Señor, como buen pastor, nos conduce. Nada podrá empañar entonces nuestra profunda alegría. Todo es gracia y motivo de acción de gracias.

TERCER DOMINGO DE PASCUA.

Los fieles que celebran la eucaristía dominical saben la importancia central que tiene la resurrección de Cristo en la historia de la salvación y en la vida de fe. Entonces, ¿por qué repetirlo con tanta insistencia durante siete semanas?
La fe, especialmente la fe en la resurrección de Cristo, no es una certeza de la que se pueda decir: «Es un asunto ya zanjado, sobre el que no vale la pena volver». La experiencia de los discípulos de Emaús nos lo recuerda. Ellos habían reconocido en Jesús de Nazaret a «un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo». Habían puesto en él toda su esperanza. Han oído el testimonio de las mujeres de su grupo, que habían ido «muy de mañana al sepulcro», y el de aquellos otros que habían constatado la «desaparición» del cuerpo de Jesús. Pero a él no lo han visto. Y se vuelven a su casa, abrumados por la tristeza, cuando un hombre se acerca a ellos por el camino. Ellos le confían la razón de su pena. Entonces aquel forastero comienza a evocar con calma los textos de las Escrituras que anunciaban los sufrimientos del Mesías. Ellos lo escuchan en silencio, sin interrumpirlo, y lo invitan a que se quede a cenar con ellos. El tono de su voz, la manera de hablar de su torpeza para creer, no les ha impactado. Pero cuando aquel desconocido hace los gestos familiares de la bendición y la fracción del pan, los ojos de los dos discípulos se abren y reconocen al Señor. ¿Demasiado tarde? No, porque desaparece de su vista, pero su presencia invisible les inflama de pronto el corazón. Entonces se vuelven a toda prisa a Jerusalén para compartir con los demás la alegría de saber que el que había muerto está vivo.
¿Cómo no ver en esta admirable página del evangelio una parábola del itinerario de la fe pascual? Pasos oscuros alternan con zonas de luz, a veces fulgurante e inesperada, siempre huidiza. En los peores momentos el Señor está ahí, muy cerca, hablándonos en las Escrituras, a las que hay que recurrir sin cesar para comprender lo que sucede, lo que nos sucede. Nuestros hermanos y hermanas en la fe están también ahí, con su propia experiencia, semejante a la nuestra. La liturgia nos proporciona espacios para reponer fuerzas, en los que Dios nos acoge tal como somos, con nuestra fe vacilante. El nos ofrece signos y nos invita a decir, domingo tras domingo, con renovada convicción: «Era verdad, ha resucitado el Señor».

PRIMERA LECTURA

La resurrección del Señor es, desde el día de Pentecostés, el objeto central de la predicación apostólica. Ella es la que permite comprender el sentido de lo que Jesús de Nazaret hizo durante su ministerio, reconocer la acción de Dios en su enseñanza, así como en los signos y prodigios que la acompañaban. Ella da cumplimiento  a las Escrituras y a las promesas divinas. Exaltado a la gloria de Dios, Jesús resucitado nos hace partícipes del Espíritu que él ha recibido en plenitud. Lo que Pedro anuncia aquí es el núcleo del Credo de los cristianos desde los tiempos apostólicos.

No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:
-«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:

"Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
exulta mi lengua,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me has enseñado el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia."

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que “no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción", hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.
Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

Palabra de Dios.

SALMO

Beber la copa de Cristo, compartir sus sufrimientos caminando con él por el sendero de la resurrección, de la vida, de la felicidad.

Salmo 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11(R.: 11a)

R.
Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»  
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano.
R.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
R.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.
R.

SEGUNDA LECTURA

La resurrección de Cristo, objeto y fundamento de la fe y la esperanza de los cristianos, debe inspirar y guiar toda su conducta «al final de los tiempos». Es lo que proclamamos cuando recitamos el Credo y celebramos con gozo l eucaristía dominical.

Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21

Queridos hermanos:
Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

Palabra de Dios.

Aleluya Cf. Lc 24, 32

Aleluya. Aleluya.
Señor Jesús, explícanos las Escrituras;
haz que
arda nuestro corazón
mientras nos hablas. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Señor Jesús, explícanos las Escrituras;
haz que arda nuestro corazón
mientras nos hablas. Aleluya.

EVANGELIO

Los peregrinos de Emaús: una página del evangelio llena de encanto, frescura y finura psicológica, muy típica de San Lucas, cuyo arte como narrador sirve admirablemente a su intención pedagógica. Recuerda el camino que los primeros discípulos tuvieron que recorrer antes de llegar a profesar con certeza: «Era verdad, ha resucitado el Señor». Pero este evangelio fue escrito para cristianos que, no habiendo vivido personalmente el acontecimiento de la Pascua, se encontraban ya en la misma situación que nos encontramos nosotros hoy. Para comprender lo que ocurrió a Jesús de Nazaret, tenemos que remitirnos a las Escrituras. Estas revelan el sentido de los signos, como es el de la tumba vacía. La credibilidad del testimonio y la enseñanza de los apóstoles, la veracidad de la predicación cristiana de todos los tiempos, derivan de su coherencia con lo que dice la Biblia. La «fracción del pan» es la prenda de la presencia del Resucitado entre los suyos. Pero la liturgia no puede prolongarse. Hay que volver a ponerse en camino. Este es el itinerario de la fe pascual, con sus diversas etapas litúrgicas, que remiten a la vida, la cual, a su vez, conduce de nuevo a la celebración del misterio.

Lo reconocieron al partir el pan.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
El les preguntó:
-«¿Qué?»
Ellos le contestaron:
-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra de Dios.



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lunes, 17 de abril de 2017

23-04-2017 - 2º domingo de Pascua (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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2º domingo de Pascua (A)


TIEMPO PASCUAL

A pesar de ser cumbre y fundamento de todo el año litúrgico, el tiempo pascual parece llamar menos la atención de los fieles y movilizar menos que el tiempo de Adviento y, sobre todo, el de Cuaresma. Esto se debe, seguramente, al hecho de que la cincuentena pascual puede parecer una extensa llanura que se atraviesa sin mucho esfuerzo, mientras que el ascenso requiere una especial energía y dinamismo. Este modo de considerar y vivir el tiempo pascual conduce a pasar de largo ante la gracia de que es portador. Toda la vida cristiana está completamente marcada por el signo de la Pascua de Cristo, y en el corazón de cada celebración eucarística y sacramental. El tiempo pascual lo recuerda con insistencia, y ofrece a todos los creyentes, a las comunidades cristianas y a la Iglesia entera la oportunidad de tomar mayor conciencia y de integrar mejor en su existencia cotidiana esta dimensión fundamental de la fe. La primera lectura de todos los domingos está tomada del libro de los Hechos de los apóstoles. Se trata de una especie de crónica de la Iglesia apostólica. El autor, san Lucas, relata una serie de acontecimientos que van desde el nacimiento de la primera comunidad cristiana en Jerusalén hasta la fundación de la de Roma. Extrae el sentido de todo ello y expone su significado para toda la Iglesia y su futuro. Muestra especialmente cómo la fe en la resurrección del Señor y la docilidad al Espíritu Santo animaban a los apóstoles, a los recién convertidos y a las diversas comunidades. Así se explica el rápido desarrollo de la Iglesia y su difusión por el mundo. Por eso el libro de los Hechos de los apóstoles sigue siendo hoy una referencia preciosa y estimulante. Las circunstancias y situaciones han cambiado, los retos que hay que afrontar son inesperados, a menudo inéditos. Que las Iglesias y comunidades cristianas de hoy, lo mismo que aquellas de las que hablan los Hechos de los apóstoles, se mantengan a la escucha del Espíritu, que den pruebas del mismo entusiasmo y audacia misioneros, sin replegarse cobardemente sobre sí mismas ni crisparse por sus problemas internos.
La segunda lectura está tomada siempre de un escrito apostólico. La primera carta de san Pedro (ciclo A), una especie de carta pastoral circular, escrita seguramente poco antes de la persecución de Nerón (el año 64), está dirigida a los cristianos dispersos por «el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia», regiones correspondientes al norte y noroeste de la actual Turquía. El comportamiento de estos discípulos, que no son ciertamente neófito, intriga e irrita a quienes los rodean. Que no se dejen abatir, que se alegren más bien, porque son partícipes de la gloria de Cristo: dan testimonio de su resurrección.
La primera carta de san Juan (ciclo B) revela un parentesco literario y doctrinal evidente con el cuarto evangelio: nada de pin desarrollado de manera lógica, lineal, deductiva, nada de razonamientos Como en los grandes discursos del evangelio, el autor retorna sin cesar los mismos temas fundamentales, que se articulan en tomo a una idea central: estamos en comunión con Dios por la fi y el amor. De lo que se trata, pues, desde el principio hasta el fin, es de la vida cristiana ordinaria.
El Apocalipsis de san Juan (ciclo C) pertenece a un género literario que no está representado en ningún otro escrito del Nuevo Testamento. Se trata de un libro extraño, con numerosas visiones, de un surrealismo a menudo desconcertante. Más allá de un ambiente indudablemente catastrófico, esta «revelación» proclama n mensaje de esperanza. Se inicia y concluye con una evocación grandiosa de la manifestación del Hijo del hombre, Cristo resucitado, cuya victoria es celebrada en el cielo y de la que participan todos los que han creído en él.
En cuanto a los evangelios de los domingos, están siempre tomados de san Juan, con excepción de los correspondientes al tercer domingo de los ciclos A y B, que están tomados de san Lucas, y recogen el relato del encuentro de Jesús con los dos discípulos que iban de camino a Emaús (Lc 24,13-35 y 24,35-48).
A través de este sinuoso itinerario, el Tiempo pascual ofrece la posibilidad de descubrir y contemplar, a niveles diferentes y desde distintos puntos de vista, la inagotable riqueza y las innumerables implicaciones del misterio central de la fe cristiana, a fin de integrarlo progresivamente y de manera cada vez más perfecta en la vida cotidiana.

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (C)

El capítulo 20 del evangelio según san Juan acaba con el relato de dos apariciones del Resucitado. Son como las dos hojas de un díptico. En ambas el Señor ocupa el centro. Pero en una se dirige al conjunto de los discípulos que lo rodean, y en la otra, que evoca una nueva aparición «a los ocho días», destaca la figura de Tomás, ausente en la anterior manifestación del Señor. El paralelismo de las dos composiciones y los detalles que caracterizan a cada una de ellas ponen de relieve la complementariedad de sus enseñanzas.
«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana», es el Señor mismo en persona quien anuncia el mensaje pascual a los discípulos, que «se llenaron de alegría»: él está vivo; a partir de ahora nada podrá impedir que se encuentre con ellos; les trae la paz, les otorga el Espíritu Santo, los envía a dar testimonio de su resurrección y a liberar a todos los hombres de las ataduras del pecado. «A los ocho días» se trata más directamente de los que «crean sin haber visto», aceptando el testimonio de los apóstoles y de los discípulos de las generaciones sucesivas. La proclamación de este evangelio se ha introducido todos los años el segundo domingo de Pascua, ya que relata una aparición del Resucitado que el mismo evangelista sitúa a los ocho días de la resurrección del Señor.
Los otras lecturas, por el contrario, varían según el ciclo. En primer lugar se encuentran tres cuadros, tomados del libro de los Hechos de los apóstoles, que describen en pocas pinceladas la Iglesia apostólica inmediatamente posterior a la resurrección. Las comunidades cristianas de todos los tiempos han visto en ellos el ideal que debían esforzarse en imitar.
Viene a continuación el anuncio, en forma de acción de gracias, de la Buena Noticia de la Pascua tal como la proclama la primera carta de san Pedro (ciclo A); el recuerdo de las consecuencias y las exigencias de la fe en Cristo (primera carta de san Juan: ciclo B), y, finalmente, un icono de Cristo en la gloria pintado a grandes rasgos por el autor del Apocalipsis (ciclo C).
El segundo domingo de Pascua sitúa así el Tiempo pascual en continuidad y en unidad con la celebración del misterio central de la fe cristiana, que ha de iluminar y guiar la vida de los creyentes.

PRIMERA LECTURA

La palabra anunciada por los apóstoles, la vida fraterna, la oración y la eucaristía, llamada también « fracción del pan», construyen la Iglesia, asamblea de los discípulos de Cristo resucitado, que da testimonio de la presencia del Señor en medio de los suyos. Esto es lo que quiso ser la comunidad primitiva y el ideal al que debe tender toda comunidad cristiana.

Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Palabra de Dios.

SALMO

Cristo, «derribado» por los hombres, «ayudado» por Dios, salvado por su Padre, es hoy para nosotros la puerta de la salvación.

Salmo 117, 2-4. 13-15. 22-24(R.: 1)

R.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.
R.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos.
R.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
R.

SEGUNDA LECTURA

« ¡Bendito!». Desde la oración judía a la carta a los Efesios (1,3-4), pasando por el Benedictus (Lc 1,38) y la segunda carta a los Corintios (1,3-7), la alabanza y la acción de gracias, que jalonan toda la Biblia, están en el corazón mismo de la vida y de la liturgia de los cristianos. Culminan en la eucaristía, celebrada incluso cuando la adversidad y el dolor nos entristecen. Y es que nada debería ahogar nunca la fe y la esperanza de los fieles. Cristo ha resucitado; por él, Dios nos ha hecho renacer; con él entraremos en posesión de la herencia que tenemos reservada en el cielo. Allí enjugará las lágrimas de nuestros ojos, porque seremos para siempre semejantes a él, y cantaremos eternamente sus alabanzas (Plegaria eucarística III).

Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 20, 29

Aleluya, aleluya.
Jesús se puso en medio de ellos y les dijo:
Paz a vosotros. Aleluya.
No seáis incrédulos, sino creyentes.
Yo soy vuestro Señor y vuestro Dios. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Porque me has visto, Tomás, has creído
-dice el Señor-.
Dichosos los que crean sin haber visto. Aleluya.

EVANGELIO

Dos apariciones del Resucitado que tiene lugar en domingo, como la visión del libro del Apocalipsis. El Viviente que se presenta en medio de los suyos es el mismo que ha sido crucificado y sepultado. Los Apóstoles constatan esta identidad, que pertenece al núcleo de la fe en la resurrección del Señor. La fe de la Iglesia se apoya en su testimonio unánime, reforzado por la experiencia singular de Tomás, situado en cierto modo entre dos generaciones de creyentes. Siendo solidario de los primeros testigos de la resurrección, tiene que hacer suyo el testimonio de los otros. Su comportamiento no lo convierte en prototipo de los que esperan a ver para creer. Como no cesa de repetir san Juan, lo que nos recuerda es que la fe está más allá de los testimonios que la acreditan. Implica y exige un reconocimiento personal de aquel a quien se dice: «¡Señor mío y Dios mío!». La respuesta del Señor: «No seas incrédulo, sino creyente», exhortación  apremiante más que reproche, va dirigida desde entonces a cada uno de nosotros. «Dichosos los que crean sin haber visto»; estas son las últimas palabras que el evangelio dirige a todos los que creen que Jesús es el «Mesías, el Hijo de Dios» y, creyendo, reciben de él el perdón de los pecados y la efusión del Espíritu, con la misión de llevar al mundo la Buena Noticia de su resurrección.

A los ocho días, llegó Jesús.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
-«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
-«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
-«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
-«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
-¡Señor Mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
-¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creas que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra de Dios.




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lunes, 10 de abril de 2017

16-04-2017 - Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)


Después de la larga y densa liturgia de la Noche pascual, la eucaristía del día de Pascua se desarrolla en un clima de paz, serenidad y alegría interior. Es momento de meditar la Buena Noticia que ha resonado intensamente durante la noche. Es momento también de releer, a la luz del acontecimiento pascual, el conjunto de la obra llevada a cabo por Jesús de Nazaret, que, «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo», ofrece el perdón de los pecados a los que creen en él. «El testimonio de los profetas es unánime».
Ya que por el bautismo habéis pasado de la muerte a la vida, «buscad los bienes de allá arriba», dice san Pablo, «donde está Cristo sentado a la derecha de Dios». Cuando aparezca, «apareceréis, juntamente con él, en gloria» (Col 3,1-4). Por eso, «celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad» (1Co 55,8).
Por su parte, san Juan narra cómo «el primer día de la semana» María Magdalena, «Simón Pedro y el otro discípulo, a quilen tanto quería Jesús» descubren vacío el sepulcro donde habían puesto el cuerpo de Jesús. María Magdalena piensa que se han llevado el cuerpo del Señor. Simón Pedro se queda perplejo al constatar que, aunque el cuerpo no está en el sepulcro, las vendas y el sudario se han quedado allí, cuidadosamente doblados. «El otro discípulo» creyó inmediatamente.
A través de un relato lleno de contenido, san Juan propone una reflexión sobre la fe. Esta no se impone como una evidencia: nace a partir de «signos» que es necesario descifrar. Algunos captan enseguida su significación. La mayoría, en cambio, requiere más tiempo para hacer esta lectura. Para otros no se trata de «signos», sino de enigmas. En cualquier caso, la fe no es una cumbre en la que uno se instala tranquila y definitivamente al término de un itinerario más o menos rápido y laborioso. Es respuesta de toda una vida, certeza que puede pasar por periodos de vacilación y duda. Es necesario renovarla, vivificarla, profundizar en ella sin cesar, por medio de una relectura ininterrumpida y atenta de las Escrituras, con la ayuda de los otros creyentes.
Que las demoras y vacilaciones de nuestra fe no nos impidan proclamar con fuerza y humildad: «Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!».

PRIMERA LECTURA

Las obras de Jesús son hechos comprobados. Pero para ver en ellas signos reveladores de su verdadera identidad, es necesaria una luz de lo alto transmitida por la Escritura, la predicción de un apóstol, el testimonio de un creyente. No es nadie de carne y hueso quien las revela, sino el Padre que está en el cielo (cf Mt 16,17). Es entonces cuando los hechos se convierten en artículos del credo. La resurrección de Cristo, cumbre del misterio de la fe, inaugura el tiempo de la salvación ofrecido a todos los hombres. Todo el que cree en Cristo recibe ya ahora el perdón de los pecados; pronto, el Señor, vencedor de la muerte, se manifestará como «juez de vivos y muertos». Este es, en toda su amplitud, el objeto de la fe apostólica y de la celebración pascual.

Hemos comido y bebido con él después de su resurrección.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
- «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»

Palabra de Dios.

SALMO

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Salmo 117, 1-2. 16ab-17. 22-23(R.: 24)

R
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo Ya hecho,
ha sido un milagro patente. R

SEGUNDA LECTURA

Muertos y resucitados con Cristo: esta es la condición de los creyentes tras el bautismo. Este cambio radical, aunque invisible, debe dar una orientación y una dinámica nuevas a su vida en todos los campos, no sólo es el normal.

Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos:
Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

Palabra de Dios.

O bien

El bautismo hace del creyente un «ser pascual», y la eucaristía lo transforma en «pan de la Pascua». «Conviértete en lo que recibes: el cuerpo de Cristo», decía san Agustín al dar la comunión.

Quitad la levadura vieja  para ser una masa nueva.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 6b-8

Hermanos:
¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles
parte en tu victoria santa.

ALELUYA 1 Co 5, 7b-8a

Aleluya, aleluya.
Ha sido inmolada
nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues,
celebremos la Pascua en el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Aquí tenemos un testimonio concreto del descubrimiento del sepulcro vacío: la colocación de las vendas y el sudario indica que no se han llevado furtivamente el cuerpo de Jesús. La reacción de Pedro y del «otro discípulo», alertados por María Magdalena, es muy significativa. Ambos acuden precipitadamente. Como era natural, el más joven llega antes, pero no quiere entrar en el sepulcro antes que Pedro, que es quien tiene la preeminencia en el grupo de los apóstoles. No obstante, esta condición no le confiere una perspicacia especia para comprender los signos. El otro «vio y creyó» inmediatamente. ¿Se trata de una perspicacia superior del corazón? Sin duda, pero más aún de una mejor y más rápida inteligencia de las Escrituras. Porque es siempre a la luz de estas como se revela el sentido de los signos, rotundos o sutiles, y como la mirada puede abrirse a las cosas de la fe.

Él había de resucitar de entre los muertos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de Dios.

O bien

Los peregrinos de Emaús: una página del evangelio llena de encanto, frescura y finura psicológica, muy típica de San Lucas, cuyo arte como narrador sirve admirablemente a su intención pedagógica. Recuerda el camino que los primeros discípulos tuvieron que recorrer antes de llegar a profesar con certeza: «Era verdad, ha resucitado el Señor». Pero este evangelio fue escrito para cristianos que, no habiendo vivido personalmente el acontecimiento de la Pascua, se encontraban ya en la misma situación que nos encontramos nosotros hoy. Para comprender lo que ocurrió a Jesús de Nazaret, tenemos que remitirnos a las Escrituras. Estas revelan el sentido de los signos, como es el de la tumba vacía. La credibilidad del testimonio y la enseñanza de los apóstoles, la veracidad de la predicación cristiana de todos los tiempos, derivan de su coherencia con lo que dice la Biblia. La «fracción del pan» es la prenda de la presencia del Resucitado entre los suyos. Pero la liturgia no puede prolongarse. Hay que volver a ponerse en camino. Este es el itinerario de la fe pascual, con sus diversas etapas litúrgicas, que remiten a la vida, la cual, a su vez, conduce de nuevo a la celebración del misterio.

Quédate con nosotros, Señor, porque atardece.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
El les preguntó:
-«¿Qué?»
Ellos le contestaron:
-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra de Dios.



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