lunes, 20 de junio de 2016

26-06-2016 - 13º domingo Tiempo ordinario (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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13º domingo Tiempo ordinario (C)


San Lucas realizó una labor de historiador, pero también de autor. No mira fríamente los hechos, considerándolos como meros objetos de curiosidad o simples enseñanzas para el tiempo presente. La lectura y el examen de los datos y de las tradiciones recogidas lo han hecho particularmente sensible a la estrecha relación que existe entre las palabras y las obras de Jesús, por una parte, y a lo ocurrido en la Iglesia después de Pentecostés, por otra. La enseñanza, las iniciativas y los hechos de los apóstoles, la vida de las comunidades cristianas, su actividad misionera, la extraordinaria difusión de la Buena Noticia en el mundo entero, arraigan directamente en las palabras, la vida, la actividad y las iniciativas de Jesús. No existe la más mínima separación: la obra de Jesús se prolonga y se despliega hoy de acuerdo con sus intenciones, bajo la guía del Espíritu enviado a los suyos por el Resucitado. Es lo que se desprende especialmente del modo como san Lucas ha reunido, en el marco literario de una única subida a Jerusalén, el conjunto del ministerio de Jesús desde sus comienzos en Galilea. La meta del camino está bien determinada: la ciudad en la que tendrá lugar la Pascua de la muerte y resurrección del Señor. Su trazado, sin embargo, es accidentado. Se va descubriendo progresivamente, y depende en cierto modo de circunstancias imprevistas, como, por ejemplo, un recibimiento caluroso que detiene a los caminantes. Para unirse a este itinerario en seguimiento de Cristo, hay que dar, como él, pruebas de valor y decisión, responder a su llamada sin demora y renunciar a todo, porque nada debe preferirse a él.
La incómoda vida itinerante que Jesús propone a sus discípulos no es triste ni sombría. Del corazón de los cristianos desborda una alegría que quieren compartir con el mundo entero. El evangelista insiste en el carácter radical de las exigencias del Evangelio, porque —lo sabe por experiencia— vale la pena lanzarse a la aventura, sin más ley que la del amor, sin más señor que el Espíritu, en una comunidad fraterna en la que cada uno según sus fuerzas contribuye al bien de todos. El ha visto cómo algunos han llegado a despojarse de sus bienes para ponerlos a disposición de los apóstoles, quienes los repartían según la necesidad de cada uno (Hch 2,44-45). San Lucas ha sido también testigo del clima de paz, serenidad y felicidad que reinaba en las Iglesias animadas por este ideal, así como de su extraordinaria capacidad de irradiación (Hch 5,14). ¡Ojalá ocurra lo mismo entre nosotros!

PRIMERA LECTURA

Como tantos otros, desde Moisés hasta los apóstoles, pasando por David y Amós, Eliseo recibe la llamada mientras está entregado a sus tareas cotidianos. Su respuesta es inmediata y radical. Lo deja todo. Con sus bueyes inmolados en sacrificio prepara un banquete a su gente, a aquellos a los que va a abandonar para suceder a Elías.

Eliseo se levantó y marchó tras Elías.

Lectura del primer libro de los Reyes 19,16b. 19-21

En aquellos días, el Señor dijo a Elías:
- Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.
Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto.
Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió:
- Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.
Elías le dijo:
- Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?
Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

Palabra de Dios.

SALMO

Dios es el único lote de nuestra heredad, la fuente del verdadero gozo y de la alegría desbordante y perpetua.

Salmo 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10

R
Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R

SEGUNDA LECTURA

Los que se someten a «los deseos de la carne» caminan hacia la esclavitud y la mutua destrucción; en cambio, quienes «andan según el Espíritu» son verdaderamente libres cuando se hacen esclavos de los Otros por amor.

Vuestra vocación es la libertad.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4,31b_5,1. 13-18

Hermanos:
Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo».
Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente. Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal, que no hacéis lo que quisierais. Pero si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley.

Palabra de Dios.

ALELUYA 1S 3,9; Jn 6,68c

Aleluya. Aleluya.
Sin mirar atrás,
vayamos a anunciar el reino de Dios. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Habla, Señor, que tu siervo te escucha:
tú tienes palabras de vida eterna. Aleluya.

EVANGELIO

Las exigencias de Jesús a sus discípulos deben entenderse en la doble perspectiva de la Pasión, a la que lo lleva el camino hacia Jerusalén, y de la misión de la que da testimonio el libro de los Hechos de los apóstoles. Para «seguir» a Jesús hay que dejarlo todo inmediatamente, sin demoras, sin «mirar hacia atrás». Si los misioneros no son recibidos en un lugar deben ir a otra parte, como hizo san Pablo yendo a los paganos. Todos los cristianos somos itinerantes en esta tierra.

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré adonde vayas.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:
- Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
- Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió:
- Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:
- Sígueme.
Él respondió:
- Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó:
- Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.
Otro le dijo:
- Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó:
- El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

Palabra de Dios.



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domingo, 19 de junio de 2016

24-06-2016 - LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA (C)


Cuando en el siglo IV se empezó a celebrar la Natividad del Señor, se pasó de manera natural a conmemorar también la del Precursor. En Occidente la fecha del 24 de junio se impuso inmediatamente. Marcaba el solsticio de verano, como el 25 de diciembre el de invierno. En efecto, Juan era la «lámpara» cuya luz debía menguar al aparecer la Luz (Jn 5,35; 3,30). Este papel lo convierte en alguien que es «más que profeta» (Mt 11,9). Los otros, en términos más o menos velados, habían anunciado al Salvador. El lo vio con sus propios ojos. Lo bautizó, y encaminó hacia el Cordero de Dios a quienes habrían de ser sus primeros discípulos (Jn 1,35-42). Es imposible anunciar el Evangelio sin hablar de Juan, el precursor. En las Iglesias orientales, encima de «la puerta regia» del iconostasio, se puede ver un icono de Cristo en la gloria, con María a su derecha y Juan a su izquierda. Es una prueba de la veneración que le tienen todas las tradiciones litúrgicas. Por otra parte, junto con el Señor y la Virgen María, Juan es el único de quien se celebra la natividad (el 24 de junio), además del martirio (el 29 de agosto).
Su elección recuerda la de Jeremías, su vida la de los «nazireos», esos hombres que se consagraban a Dios temporalmente o para toda la vida (Hch 18,18). Su misión se define en los mismos términos que la de Elías (Ml 3,23-24; Si 48,10). Vino a «preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,17). El nacimiento de Juan fue una Buena Noticia que suscitó, en torno a él y a sus padres, las primeras manifestaciones de la alegría mesiánica. Lo mismo que con respecto a Jesús, ante él se plantea la pregunta: ¿qué va a ser? Se verá cuando a orillas del Jordán se muestre como intrépido predicador de la salvación que Dios quiere llevar «hasta el confín de la tierra» (Is 49,6). Por su persona y su misión, Juan, el precursor, permanece siempre inseparablemente unido a Jesús y a la Buena Noticia dirigida a todos los hombres que ama el Señor. La iconografía, el número de niños a los que se impone el nombre de Juan Bautista y las iglesias dedicadas al Precursor dan abundante testimonio de la piedad cristiana, que ha comprendido el lugar especialísimo de Juan Bautista en la venida de la salvación en Jesucristo. El es también modelo de los predicadores y de todos los creyentes, que deben desaparecer ante aquel a quien anuncian para «preparar sus caminos».

PRIMERA LECTURA

«Yo soy la voz que grita en el desierto»; «él tiene que crecer y yo tengo que menguar», decía Juan Bautista. Hubiera podido hacer suyas las palabras puestas en boca del misterioso «siervo de Dios» descrito por Isaías. En cualquier caso, este texto profético ilumina para nosotros la personalidad y la misión del Precursor, ante el cual, al nacer, la gente se preguntaba: «”¿Qué va a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él».

Te hago luz de las naciones.

Lectura del libro de Isaías 49,1-6

Escuchadme, islas;
atended, pueblos lejanos:
Estaba yo en el vientre,
y el Señor me llamó;
en las entrañas maternas,
y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida,
me guardó en su aljaba y me dijo:
«Tú eres mi siervo,
de quien estoy orgulloso».
Mientras yo pensaba:
«En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas,
en realidad mi derecho lo llevaba el Señor,
mi salario lo tenía mi Dios».
Y ahora habla el Señor,
que desde el vientre me formó siervo suyo,
para que le trajese a Jacob,
para que le reuniese a Israel
-tanto me honró el Señor,
y mi Dios fue mi fuerza-:
«Es poco que seas mi siervo
y restablezcas las tribus de Jacob
y conviertas a los supervivientes de Israel;
te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance
hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

SALMO

El Dios fiel es la fuerza de los testigos de su luz.

Salmo 138, 1-3. 13-14. 15 (R : 14 ab)

R
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente.

Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma. R

No desconocías mis huesos,
cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra. R

SEGUNDA LECTURA

La misión de Juan Bautista y el testimonio que dio del Señor son inseparables de la predicación del Evangelio. Su llamada a la conversión sigue siendo actual, tanto más cuanto que Jesús la reiteró en los mismos términos.

Antes de que llegara Cristo, Juan predicó.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 13,22-26

En aquellos días, dijo Pablo:
- Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: «Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos». Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: «Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias».
Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.

Palabra de Dios.

ALELUYA Lc 1,76

Aleluya. Aleluya.
Recibamos con alegría el mensaje de Juan:
Dios nos da su gracia,
y su promesa de salvación
se ha cumplido en nosotros. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos. Aleluya.

EVANGELIO

En la cultura bíblica, lo mismo que en otras, todavía hoy, la imposición del nombre, reservada al padre, es expresión de su autoridad sobre el hijo. Zacarías renuncia a este derecho. El nombre de este hijo que Dios le ha dado, escogiéndolo desde su nacimiento, será Juan. Como Jesús, Juan paso por una etapa de vida oculta, durante la cual se preparó, bajo la única mirada de Dios, para su misión pública a orillas del Jordán. Es en la soledad donde maduran las vocaciones.

El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,57-66. 80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo:
- ¡No! Se va a llamar Juan.
Le replicaron:
- Ninguno de tus parientes se llama así.
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:
- ¿Qué va a ser este niño?
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Palabra de Dios.



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lunes, 13 de junio de 2016

19-06-2016 - 12º domingo Tiempo ordinario (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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12º domingo Tiempo ordinario (C)


Jesús es «el Mesías de Dios», su Hijo. Vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Esta profesión de fe es yana si no lleva a «irse con» aquel a quien así se aclama, a «seguirlo». Hay que comprender, además, que estos dos verbos deben tomarse en su doble acepción concreta y figurada. «Seguir a alguien» significa conformarse intelectual o moralmente a su enseñanza, adoptar su doctrina como línea de pensamiento. Pero aquí se trata también de recorrer un verdadero camino «cargando con la cruz cada día», «negándose a sí mismo», «perdiendo la vida por su causa», para resucitar con Cristo.
Al principio, antes de recibir en Antioquía el nombre de «cristianos» (Hch 11,26), a los discípulos de Jesús se les llamaba también «los que seguían el nuevo camino» (Hch 9,2). Este «camino» es el mismo Cristo, camino, verdad y vida. Para entrar en él, hay que pasar por la puerta del arrepentimiento que la gracia suscita en los que, «mirando a quien traspasaron», reconocen en él al «hijo único» cuya sangre será «un manantial contra pecados e impurezas».
Esta unión con Cristo se realiza sacramentalmente en el momento de recibir el bautismo. Sumergido en las aguas purificadoras, el creyente nace a la vida nueva que procede de Cristo. También aquí las palabras deben entenderse en su sentido más fuerte y concreto. Como el Hijo de Dios «se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo» (Flp 2,7), así los hombres en el bautismo se despojan de su condición de pecadores para «revestirse de Cristo», «el hombre nuevo». Convertidos por él y con él en «hijos de Dios», entran en posesión de la herencia prometida a Abrahán y su descendencia por siempre. Al mismo tiempo, quedan abolidas todas las barreras, todo tipo de «distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres». Porque todos nosotros somos «uno en Cristo Jesús».
Este es el misterio de renovación radical y de unidad universal que celebra la eucaristía, memorial de la muerte, resurrección y exaltación de Cristo. Al distribuir la comunión, san Agustín decía: «Conviértete en lo que recibes: el cuerpo de Cristo». Verdaderamente, perder la vida por Cristo es salvarla. Cargar con la cruz «cada día» es acercarse, paso a paso, a su Pascua y a la nuestra.

PRIMERA LECTURA

Un oráculo enigmático que el Nuevo Testamento, la tradición y hoy la liturgia leen en referencia al misterio de Cristo, que es a la vez su cumplimiento y su clave de interpretación.

Mirarán al que atravesaron.

Lectura de la profecía de Zacarías 12,10-11; 13,1

Así dice el Señor:
- Derramaré sobre la dinastía de David
y sobre los habitantes de Jerusalén
un espíritu de gracia y de clemencia.
Me mirarán a mí, a quien traspasaron,
harán llanto como llanto por el hijo único,
y llorarán como se llora al primogénito.
Aquel día, será grande el luto en Jerusalén,
como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido.
Aquel día, se alumbrará un manantial,
a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén,
contra pecados e impurezas.

Palabra de Dios.

SALMO

Buscar al Señor, estar sedientos de él, alzar tas manos hacia él, invocarlo, esperar verlo, ciertos de quedar saciados, jubilosos de contar con su auxilio.

Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9

R
Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R

Toda mi vida te bendeciré,
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R

Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. R

SEGUNDA LECTURA

El bautismo, sacramento de la fe, configura con Cristo. Al salir del baño bautismal, los cristianos se revisten con una vestidura nueva: Cristo. Por tanto, ya no hay diferencias decisivas entre los creyentes, siendo todos como son hijos de Dios en la unidad de un solo pueblo.

Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 3,26-29

Hermanos:
Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo.
Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.
Y, si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 10,27

Aleluya. Aleluya.
Neguémonos a nosotros mismos
y carguemos con nuestra cruz cada día,
para seguir a Cristo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—,
y yo las conozco, y ellas me siguen. Aleluya.

EVANGELIO

Cuando se dice que Jesús es «el Mesías de Dios», hay que añadir con el credo que «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día resucitó de entre los muertos». Estafe compromete a «seguir» «cada día» al Señor por el camino de la Pascua.

Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
- ¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron:
- Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Él les preguntó:
- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro tomó la palabra y dijo:
- El Mesías de Dios.
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y añadió:
- El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y, dirigiéndose a todos, dijo:
- El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

Palabra de Dios.



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lunes, 6 de junio de 2016

12-06-2016 - 11º domingo Tiempo ordinario (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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11º domingo Tiempo ordinario (C)


La fe en la misericordia de Dios, que nada desea más que perdonar los pecados, se expresa a lo largo de la Biblia con imágenes y términos muy diversos, a veces realmente atrevidos. El perdón que Dios concede tiene, al mismo tiempo, eficacia creadora. Transforma el corazón de quien lo recibe, crea en él un corazón puro, lo renueva en lo más profundo de su ser (Sal 50,12). Sólo el Creador puede perdonar así. La Biblia no deja ninguna duda a este respecto, lo mismo que, en la actualidad, el sacramento de la penitencia o de la reconciliación. Las palabras de perdón se remiten siempre a la autoridad soberana de Dios: «El Señor ha perdonado tu pecado».
Si se hubiera conformado con predicar la misericordia divina y exhortar a los pecadores a la conversión, Jesús habría hablado como los profetas. Pero a la pecadora que acude a la casa del fariseo que lo ha invitado, Jesús le dice: «Tus pecados están perdonados. Tu fe te ha salvado». Hay en el relato detalles sorprendentes: la osadía de esta mujer que entra en casa de un «puro», su comportamiento y, sobre todo, las palabras de Jesús al perdonarle los pecados.
Los cristianos a los que se dirige este evangelio podrían tener la tentación de contemplar esta escena como de lejos, dejándose invadir únicamente por los sentimientos que suscita. Se indignarían entonces ante la reacción del fariseo, sin pensar en la que ellos tendrían si una mujer así entrara en la iglesia en la que se está celebrando la eucaristía y, sin decir nada ni preocuparse por los que están allí, se arrodillara llorando al pie del altar y quemara allí un incienso muy caro. ¿Olvidaríamos que todos los que estamos reunidos en asamblea, en tomo a la mesa del Señor, somos pecadores perdonados por la fe en Jesucristo, y no por nuestros méritos o por nuestras buenas obras?
La actitud de Jesús nos invita a todos a purificar la mirada que dirigimos a los demás. El, el Justo, no humilla a los pecadores, sino que los acoge con extrema delicadeza. Sabe que el amor de Dios es grande incluso con los pecadores, más aún cuando han sido muchos los pecados que se les han perdonado.
La eucaristía es acción de gracias por la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo, Buena Noticia que todos estamos llamados a proclamar.

PRIMERA LECTURA

David ha cometido un adulterio, seguido de un asesinato fría y cínicamente premeditado. El profeta Natán le hace tomar conciencia de su falta, y Dios lo perdona cuando él reconoce humildemente la gravedad de la misma. Esta historia es un ejemplo de la misericordia de Dios, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

El Señor perdona tu pecado. No morirás.

Lectura del segundo libro de Samuel 12,7-10. 13

En aquellos días, dijo Natán a David:
- ¡Eres tú! Así dice el Señor Dios de Israel:
Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu Señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y por si fuera poco pienso darte otro tanto.
¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías el hitita y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías.
David respondió a Natán:
- He pecado contra el Señor.
Y Natán le dijo:
- Pues el Señor perdona tu pecado. No morirás.

Palabra de Dios.

SALMO

Reconocimiento del pecado, confesión de la misericordia de Dios y acción de gracias por el perdón: pasos fundamentales de la reconciliación.

Salmo 31, 1-2. 5. 7. 11

R
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R

Tú eres mi refugio: me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero. R

SEGUNDA LECTURA

Somos «justificados» por la fe, por el don de la gracia que Cristo ha adquirido, no por nuestros méritos personales. Por eso, aquel a quien Dios justifica vive de la misma vida de Cristo, vive por él.

No soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 2,16. 19-21

Hermanos:
Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús. Por eso hemos creído en Cristo Jesús para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley.
Para la ley yo estoy muerto, porque la ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

Palabra de Dios.

ALELUYA 1Jn 4,10b

Aleluya. Aleluya.
Gloria a Cristo,
que perdona los pecados. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Dios nos amó y nos envió a su Hijo
como víctima de propiciación
por nuestros pecados. Aleluya.

EVANGELIO

Simón el fariseo, el «puro», se escandaliza por la osadía de la pecadora, y más aún por el comportamiento de Jesús: «Si fuera profeta, ¿ soportaría la conducta de esta mujer?». Jesús, que lee en los corazones, ve lo que ella quiere expresar con este homenaje insólito: ella presiente que Jesús es el enviado de Dios que ha venido para perdonar los pecados; que el tiempo de la gracia ha llegado también para ella. Su amor y su humildad la han puesto en el camino de la misericordia divina: «Tu fe te ha salvado; vete en paz». Este perdón de sus faltas, de sus «muchos pecados», suscita en ella un inmenso agradecimiento. San Lucas hace constar que otras mujeres expresaron su gratitud poniéndose al servicio de Jesús y, más tarde, al servicio de los predicadores de la Buena Noticia de la salvación ofrecida a todos.

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,36_8,3

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo:
- Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando y lo que es: una pecadora.
Jesús tomó la palabra y le dijo:
- Simón, tengo algo que decirte.
Él respondió:
- Dímelo, maestro.
Jesús le dijo:
- Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?
Simón contestó:
- Supongo que aquél a quien le perdonó más.
Jesús le dijo:
- Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
- ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona poco ama.
Y a ella le dijo:
- Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
- ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?
Pero Jesús dijo a la mujer:
- Tu fe te ha salvado, vete en paz.
[Más tarde iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo predicando la buena noticia del Reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.]

Palabra de Dios.



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domingo, 29 de mayo de 2016

05-06-2016 - 10º domingo Tiempo ordinario (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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10º domingo Tiempo ordinario (C)


La muerte siempre es motivo de consternación, sobre todo cuando golpea a inocentes, a jóvenes que no han tenido tiempo de vivir, a justos que caen en valerosas empresas. El espíritu humano no puede admitir que todo acabe así, que el bien y el mal desemboquen en la nada. Este rechazo, más o menos firme, se expresa especialmente en los ritos fúnebres, realizados siempre entre fuertes emociones. El mismo Jesús se sintió conmovido no sólo cuando perdió a un amigo como Lázaro (Jn 11,33), sino incluso, según nos cuenta san Lucas, cuando un día, a las puertas de Naín, se encontró con el cortejo fúnebre del hijo de una viuda. Con el poder recibido de su Padre, Dios de vivos, llamó de nuevo a la vida al muerto y devolvió a su madre al hijo a quien lloraba.
Para el evangelista, no se trata de una especie de supermilagro relatado para «probar» el poder prodigioso de Jesús. También la Iglesia lo recuerda hoy desde una perspectiva muy distinta de la apologética. Se trata del Evangelio que proclama la liturgia, la Buena Noticia de la llegada de la salvación en toda su plenitud: la victoria sobre la muerte, de la que este milagro es signo y promesa. San Lucas, antes de escribir, lo ha «comprobado todo exactamente», escuchando las «tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares». Si recoge lo que Jesús hizo por la viuda de Naín y su hijo es porque contribuye a mostrar la «solidez de las enseñanzas» recibidas por los cristianos (Le 1,4; tercer domingo).
Tenemos así fundamento para reconocer en Jesús al Profeta, al Señor que da la vida, en quien y por quien «Dios ha visitado a su pueblo». Esta «visita» no es un acontecimiento del pasado: se renueva en particular en todo encuentro sacramental a partir del bautismo. El que muere simbólicamente al sumergirse en las aguas bautismales, resurge animado por una vida nueva que se desarrollará eternamente, más allá de la muerte corporal.
Nosotros no hemos conocido ni a Cristo ni a Pablo ni a ningún otro apóstol. Pero sabemos que el Evangelio «no es de origen humano», no lo hemos «recibido ni aprendido de ningún hombre». Por el ministerio de aquellos a quienes él ha elegido, nos llega de Dios mismo la revelación de Jesucristo, vencedor de la muerte.

PRIMERA LECTURA

Más que una súplica, la oración del profeta es un acto de fe en la justicia de Dios y en su omnipotencia, contra la que nada puede la muerte.

Tu hijo está vivo.

Lectura del primer libro de los Reyes 17,17-24

En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la señora de la casa. La enfermedad era tan grave que se quedó sin respiración. Entonces la mujer dijo a Elías:
- ¿Qué tienes tú que ver conmigo?, ¿has venido a mi casa para avivar el recuerdo de mis culpas y hacer morir a mi hijo?
Elías respondió:
- Dame a tu hijo.
Y, tomándolo de su regazo, lo subió a la habitación donde él dormía y lo acostó en su cama. Luego invocó al Señor:
- Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda la vas a castigar haciendo morir a su hijo?
Después se echó tres veces sobre el niño, invocando al Señor:
- Señor, Dios mío, que vuelva al niño la respiración.
El Señor escuchó la súplica de Elías: al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre diciendo:
- Mira, tu hijo está vivo.
Entonces la mujer dijo a Elías:
- Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad.

Palabra de Dios.

SALMO

Gloria a Dios. Él levanta de nuevo, saca del abismo y hace revivir de la fosa. El cambia el llanto en júbilo y el luto en danzas.

Salmo 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b

R
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado,
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, Dios mío, a ti grité y tú me sanaste;
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida. R

Al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana el júbilo.
Escucha, Señor, y ten piedad de mí,
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R

SEGUNDA LECTURA

El Evangelio que Pablo anuncia «no es de origen humano». Dios mismo ha tomado la iniciativa para hacer comprender al perseguidor que su celo contra la Iglesia era una equivocación. Desde entonces no predicará ni una doctrina ni una moral, sino a Jesucristo.

Se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 1,11-19

Hermanos:
Os notifico que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados.
Pero cuando Aquél que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó a su gracia se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, enseguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco. Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro apóstol; vi solamente a Santiago, el pariente del Señor.

Palabra de Dios

ALELUYA Lc 7,16

Aleluya. Aleluya.
A Jesús le dio lástima, y entregó el muchacho a su madre.
Demos gloria a Dios. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Un gran Profeta ha surgido entre nosotros.
Dios ha visitado a su pueblo. Aleluya.

EVANGELIO

Hay en este texto verbos y expresiones muy significativos: «levantarse», vocablo que en el lenguaje cristiano significa «resucitar»; «resurgir», como el que se ha sumergido en las aguas del bautismo; «Dios ha visitado a su pueblo», como se dice en el Cántico de Zacarías (Lc 1,68); la «gloria de Dios», que «todos» reconocen; la divulgación de la «noticia del hecho» «por toda la comarca y por Judea entera». ¿Cómo no pensar también en aquella Otra madre que un día, a las puertas de otra ciudad, recibiría en sus brazos el cuerpo de su hijo muerto en la cruz y a quien Dios resucitó a la vida eterna?

¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.
Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:
- No llores.
Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
- ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!
El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo:
- Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Palabra de Dios.



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lunes, 23 de mayo de 2016

22-05-2016 - El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C)


Las grandes religiones monoteístas se remiten a Abrahán, a quien consideran «padre de los creyentes». Un breve episodio recogido en el libro del Génesis justifica esta reivindicación de paternidad común. Melquisedec, «sacerdote del Dios altísimo», del que se ignora el culto y el santuario a los que estaba vinculado, se presenta un día ante Abrahán. Le presenta una ofrenda de pan y de vino y lo bendice en nombre del «creador de cielo y tierra». Una vez realizado este rito, desaparece y no se vuelve a hablar de él. Sin embargo, su recuerdo nunca se perdió del todo.
Un salmo sugiere que el Mesías será «sacerdote según el rito de Melquisedec» (Sal 109,4). Retomando este oráculo, el autor de la carta a los Hebreos se extiende en la consideración de este personaje enigmático. Ve en él una figura de Cristo, ofrecido personalmente en sacrificio para liberar del pecado a todos los hombres. Habiendo entrado en el santuario del cielo, intercede por ellos, abriéndoles el acceso a la presencia del Altísimo. La carta a los Hebreos es el único escrito del Nuevo Testamento que atribuye a Cristo el título de sacerdote. Pero, «en la noche en que iban a entregarlo», antes de entrar en el santuario del cielo, Jesús hace del rito tradicional de la ofrenda del pan y el vino el «signo», el sacramento, de su cuerpo entregado y de su sangre derramada para sellar «la nueva alianza». «Por eso —dice san Pablo—, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva».
Jesús multiplicó en el desierto cinco panes y dos peces para alimentar a la muchedumbre, después de haber estado hablándole del reino de Dios, hasta la caída de la tarde. Todo ocurre como en una asamblea cristiana, donde a la liturgia de la palabra le sigue la comunión con el pan partido.
Verdaderamente la eucaristía, el santo sacramento que celebramos, hunde sus raíces en el terreno de unos ritos ancestrales que el Señor ha llevado a plenitud dándoles un significado y una eficacia totalmente nuevos.

PRIMERA LECTURA

Un misterioso «sacerdote del Dios altísimo» bendice a Abrahán, «el padre de los creyentes», que le ofrece el décimo de su botín. La tradición cristiana ha visto desde siempre en este «rey de Salén» una figura de Cristo.

Sacó pan y vino.

Lectura del libro del Génesis 14,18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abran, diciendo:

- Bendito sea Abrahán por el Dios altísimo,
creador de cielo y tierra;
bendito sea el Dios altísimo,
que te ha entregado tus enemigos.

Y Abran le dio un décimo de cada cosa.

Palabra de Dios.

SALMO

Alabanza a Cristo. En él, sacerdote perfecto que intercede por nosotros, se cumplen todas las promesas.

Salmo 109, 1. 2. 3. 4

R
Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies». R

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos. R

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora». R

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec». R

SEGUNDA LECTURA

El testimonio más antiguo sobre el origen, el contenido y el sentido de lo que hacen los cristianos cuando celebran la «cena del Señor», «misterio de la fe», llamada eucaristía.

Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11,23-26

Hermanos:
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:
- Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:
- Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.
Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 6,51

Aleluya. Aleluya.
Tú nos hablas del reino de Dios,
Señor Jesús, tú curas nuestras heridas,
y sacias nuestra hambre. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo
—dice el Señor—;
el que coma de este pan vivirá para siempre. Aleluya.

EVANGELIO

En el contexto litúrgico de la fiesta de hoy, hay varios detalles de este relato que resultan especialmente significativos. Jesús acaba de hablar con calma del reino de Dios; el día toca a su fin, es decir se acerca la hora de la última cena y la hora en que la Iglesia antigua celebraba «la cena del Señor»; el gentío se organiza como asamblea litúrgica bien ordenada; Jesús bendice el pan y lo parte, como «el primer día de la semana» en Emaús; los doce distribuyen la comida entre la gente, pero Jesús sigue siendo el anfitrión. Leído hoy, en el marco litúrgico de esta fiesta, el relato tiene un evidente sabor eucarístico.

Comieron todos y se saciaron.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:
- Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.
Él les contestó:
- Dadles vosotros de comer.
Ellos replicaron:
- No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.
Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos:
- Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.
Lo hicieron así, y todos se echaron.
Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Palabra de Dios.



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